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EL ORIGEN DE LA BAJA CALIFICACIÓN CREDITICIA DE COLOMBIA

El martes pasado, desde Manhattan, se anunció el bajón en la calificación crediticia de Colombia por parte de Standard & Poor’s. S&P es una de las tres agencias de calificación de crédito más grandes, completan la lista Moody’s y Fitch Ratings. En sus funciones está: monitorear y calificar los avances económicos nacionales. La decisión fue calificada de drástica por M. Cárdenas, -como buen santista acudir al discurso de la negación es la salida-. Sin embargo, aunque indicadores nacionales nos pinten un panorama económico color de rosa, para la comunidad internacional la realidad es otra. Colombia no va por buen camino, esta vez las pataletas del ministro de Hacienda fueron en vano.
Además de las falsas expectativas a la cual ya nos tiene acostumbrados JMS, las implicaciones de la descategorización de Colombia dejan en jaque las aspiraciones económicas del país. Estas agencias significan un punto de partida a la hora de que inversionistas internacionales diseñen sus portafolios de inversión. De este modo, contar con una mala calificación significa, primero, desestímulo, es lógico que estos no quieran exponer capitales a altos riesgos cuando hay mejores ofertas en el mercado internacional. Segundo, una buena calificación supone créditos con tasas más cómodas pero ahora, con una economía menos estable, tendremos préstamos con tasas elevadas para compensar el mayor riesgo.
Colombia se la jugó por el petróleo, y como quien sopla una bomba hasta que se estalla, en vez diversificarse e incentivar el crecimiento de otros sectores, se convirtió en un país petróleo-adicto. Entre 2010 y 2014, nos creímos convertir en un país petrolero: el sector supuso exportaciones superiores al 53,3% (minería en general 69,5%), una bonanza que dejó 57 billones de pesos, y significó el 20% de los ingreso corrientes de la Nación. No hay peor ciego que el que no quiere ver, presidente Santos, no somos un país petrolero. Las reservas son limitadas. Según la ACP, en el año 2022 el país perderá la autosuficiencia en la producción y dejará de percibir regalías por parte de este sector. Paradójicamente, en el 2014, se proyectó el crecimiento del gasto considerando un precio del barril de 100 dólares a 10 años (hoy 57 USD) generando presupuestos muy superiores al crecimiento económico.
Ustedes se preguntarán, ¿Dónde está esa platica? Al parecer, esa platica se perdió. Mermelada sin medida, gasto exagerado en eventos y publicidad, empleos públicos, programas sociales y subsidios insostenibles. Los excesos, a la larga, pasan factura, no es regalar la casa para garantizar un resultado electoral, es generar inversión en tecnología, educación, e iniciativas de generación de empleo para poder comprarla y sostenerla. Para tapar el hueco, el gobierno respondió con un aumento del IVA y una agresiva reforma tributaria (2016), que ha generado una desaceleración en el crecimiento económico del país. No hace falta acudir al FMI para darnos cuenta de que la previsión de crecimiento económico que se tuvo en enero del 2,7% hoy va en el 1,7%. La triste realidad es que los colombianos han tenido que cuadrar sus finanzas asignando más recursos a pago de impuestos y restringir su consumo en otras actividades.
Pd: Más “realities” de esos que ahorran 40 mil millones del presupuesto público.

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