miércoles , enero 17 2018
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EL ORIGEN DE TODO

Identificamos a los enemigos de la sociedad encasillándolos como delincuencia común, disidentes, miembros activos del ELN, bandas criminales organizadas, paramilitares, narcotraficantes, gestores del microtráfico, grupos emergentes y cualquier otra organización relacionada con la cárcel de mediana y máxima seguridad. El nuevo ingrediente son los inmigrantes venezolanos que en masa, han llegado buscando oportunidades a tierras del Cesar.
A lo mejor hemos estado tan concentrados en resolver la manifestación del fenómeno que olvidamos preguntar cuáles son las causas de la inseguridad que mantiene en vilo a la ciudad, al departamento y a toda una región que gozaba de tranquilidad donde se vivía a puertas abiertas y de ser refugio de paz para los visitantes.
Ladrones, atracadores y bandidos siembre han habido, pero la comunidad se levantaba y frenaba las manifestaciones que iban en contra del tejido social. Ese era el antídoto ante la amenaza externa. La autoridad era más efectiva porque se podía prevenir los hechos delictivos identificando cualquier comportamiento extraño de personas, de negocios, de transacciones, de información sospechosa, Ahora no, Ante la premisa individual de hacer dinero y de acumular bienes, los principios y valores de la sociedad se han perdido. Nos hemos creído el cuento que ser exitoso es tener dinero y ante eso, lo demás deja de tener sentido.
Cada accionar nuestro que promueva el facilismo, el dinero rápido, la evasión de impuestos y la preponderancia de lo mío sobre los demás, debilita los valores grupales que se inculcan desde la infancia en el seno familiar como: respetar las normas, hacer las tareas, prepararse para ser una persona de bien, trabajar honradamente y contribuir al bienestar de los semejantes. De esa manera nos asegurábamos que la sociedad entregara líderes íntegros, formados con principios de servicio y reconocida honestidad.
Analizando con mayor detalle, encontraremos que la inseguridad que nos mantiene acorralados es producto de nuestra propia invención. No es viable que estas bandas delincuenciales sobrevivan sin el apoyo económico de personajes de la alta sociedad que siguen moviendo el dinero, recolectado a gran escala, en la época del terror y que los ha vuelto invisibles ante las autoridades. El negocio de la importación ilegal de gasolina venezolana, que floreció bajo el mando del patrón de dos dígitos, se ha ido diversificando y tomando posiciones estratégicas en el contrabando, el abigeato, el microtráfico, el narcotráfico, las mafias electorales, las exitosas empresas de construcción, los fondos rotatorios de pago-diario y las majestuosas entidades prestadoras de servicios de salud.
Nadie denuncia, nadie investiga de donde viene ese flujo de dinero. Debe ser cierto que es de mala educación hablar con la boca llena y ante esa conveniente indiferencia, donde todos aparentemente ganan, se sigue extendiendo las raíces de la inseguridad.
Hemos llegado a creer que los dueños de esos negocios ilícitos, que van a misa en la mañana, a los velorios y cumpleaños a recibir el saludo de todos, son nuestros amigos y benefactores y que sin ellos estaríamos en peor situación. Ese es el verdadero mérito del mafioso y del estafador, hacer creer que la única opción viable es estar bajo su mando y protección.
A pesar de ser esa la razón de nuestro atraso en pobreza, en competitividad y en desarrollo económico, seguimos eligiendo una y otra vez a los mismos, obteniendo como consecuencia los mismos resultados.
Hay otras formas de decirlo, pero en nuestro caso, la expansión de los negocios ilícitos se alimenta de la pobreza, de la falta de empleo y se fortalece con la indiferencia de la sociedad. Somos igual de victimarios que los atracadores que nos devuelven el servicio cuando compramos gasolina de contrabando o regalamos una botella de vino o whisky sin estampilla.
La inmersión en la inseguridad, que tanto criticamos, es una decisión que sigue estando en nuestras manos. Podemos pensarlo mejor antes de votar por candidatos que despliegan su generosa propaganda sin tener propuestas para una sociedad viable y consistente. Podríamos suspender la tendencia a honrar a los ciudadanos condenados judicialmente, a los bandidos, a los asesinos que marcan la pauta en el interés de jóvenes adictos al twitter. Podemos iniciar el simple castigo social de levantarnos de la mesa cuando llegan los señores que ya todos identifican. Podemos también comenzar a comprar productos legales, a aportar ideas para mejorar la sociedad y a dejar atrás el pasado oscuro que aún cercena las oportunidades.
El mañana comienza en el ahora. Debemos preguntarnos si estamos construyendo una mejor sociedad disfrutando el pan de hoy, sacrificando el de mañana. La discusión queda abierta para desarrollar la inteligencia social y dejar de ser los autores de nuestra propia destrucción.

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