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LA VALENTÍA DE LOS DESALMADOS

“También suelen hacerse los amables contigo. Pero ésa fue siempre la astucia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son astutos!”

El cautivo, cayó en la pesca aquel día y llevado por el grupo de ilegales al interior de la montaña, sometido a caminatas por estrechos caminos, entre la lluvia o el intenso sol y siempre bajo circunstancias de zozobra e incertidumbre, hasta que se asentaron en un campamento mimetizado en lo profundo de la selva, desubicado para él, puesto que había perdido en el andar, el sentido de orientación, porque muchos de esos recorridos fueron hechos en medio de la noche.

Estuvo advertido del daño que sufriría, si el Ejército optaba por tratar de rescatarlos y de las consecuencias a las que permanecería expuesto, si intentasen escapar. Dormía atado por un pie al cepo instalado cerca del rústico tablado, en el que se tendía con los otros rehenes, a veces alicaídos y otras mordiéndose los labios de rabia y desesperación, por no poder definir la propia situación, propiciada por los desalmados secuestradores.

Se contaba entre los cuatro raptados, que sobrevivían bajo la estricta vigilancia de doce bandidos, acompañados por dos mujeres y una adolescente, mientras que pequeños grupos de seis u ocho individuos se les unían por uno o dos días y así mismo, iban y venían de entre la verde espesura.

Pero en el campamento permanecía un personaje muy particular, portador permanente de un fusil, de esos terroríficos A47, cuya sola exposición y ostentación le hacía el más temible y desalmado, que infundía terror y estremecimiento, al solo pensar que en algún momento, cualquier uso le llegase a dar. El temido bandido, sentado frente a los rehenes, se dedicaba a la limpieza del fusil y a ensayar diferentes poses y posiciones, simulando disparar contra todo lo que se moviera. Muchas veces les hacía tiritar de pavor, cuando les apuntaba y gritaba: “tatatatatata…”.

Traía en su espalda un machete y funda, que le hacía parecer el más sanguinario guerrero, mezcla de “Rambo” y “Predator” dispuesto a exterminar al enemigo y en éste caso, a los asustados prisioneros. Era el pánico personificado, caminando de allá para acá y de aquí para allá, con su indumentaria y poderoso armamento.

Cualquier día, estando el hombre sentado en su ejercicio demostrativo de fuerza y poderío, se escuchó estruendosamente tal aturdidora explosión, a la vez que el grito del vigía, “¡La tropa…nos ataca la tropa!”. Todos corrieron despavoridos, rehenes, bandidos y el carcelero “Robocop” (ese era su nombre de batalla), saltó de su puesto abandonando su letal y mortífero fusil AK47, y arrancó atropellando a todos, por la estrecha senda de escape, entre frondosos árboles, bejucos y lianas, con tan mala fortuna que la enredadera, se incrustó entre el machete envainado y la espalda de Robocop, atrapándolo y deteniendo su enloquecida huida. Arrodillado y con los brazos en alto ante tal efecto, berreaba cual ternero recién destetado, implorando por su vida y prometía entregarse sin oponer resistencia.

Lloraba por todos, en tanto el cautivo, lúcido, puso la mano sobre el hombro del hincado bravucón, ocasionando el descontrol de los esfínteres y sus pantalones empapados y engrudados del susto. Lo tranquilizó y ayudó a levantarse, desenredándolo de la maraña, pues había sido una falsa alarma, ocasionada por un explosivo mal manipulado, por uno de ellos mismos y ningún enemigo le había atrapado. Desde esa terrible tarde “Robocop” no volvió más por el campamento, llevándose consigo las bravatas y dejando expuesta la cobardía que acompaña a éstos desalmados.

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