Jueves , noviembre 23 2017
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Columnista ESTEBAN DELGADO (1)

MEMORIAS DE UN PUEBLO LLAMADO OLVIDO

El gran mal de la humanidad es perder la memoria
Eso dicen algunos y creo que es cierto, no hay nada peor que no poder (o no querer) recordar los sucesos que componen nuestra propia historia para luego, tristemente, tener que vernos tropezando con la misma piedra, una y otra vez.
La historia política de mi pueblo bebe del agua de la fuente del olvido, del olvido vive y se mantiene, la historia política de mí pueblo, es como una eterna noche donde no hay rastro del amanecer.
Pero, ¿cuál es mi pueblo? Mi pueblo se llama olvido, porque nos rehusamos a recordar, mi pueblo se llama destierro porque preferimos desplazar aquellos recuerdos que nos mantenían vivos, ahora, al parecer somos sólo un número de habitantes más, una pequeña cifra en un gran mapa.
Me rehúso a olvidar, por eso escribo esta columna, para volver a la vida, la vida misma que se nos quedó atrapada en el pasado.
Recuerdo que tenía ocho años cuando sobrevino aquel momento que no logré entender sino hasta mucho tiempo después.
Corría por las empedradas calles de aquel clásico barrio que nos recuerda por su nombre a la madre de Jesús, iba descalzo, sin camisa y con la fuerte idea de alcanzar a mis amigos para decirles “la lleva”. Era totalmente feliz.
Lo que pasó después me enseñaría que la felicidad muchas veces parece ser sólo un espejismo en medio de un desierto de tristezas. Tres estruendos fuertes ahogaron el silencio y nuestra paz, vi como los vecinos entraron a sus casas y cerraron sus puertas. Las calles quedaron vacías y un puñado de niños callejeros en medio del silencio. No sabía que sucedía, sólo corrí a buscar refugio.
Tiempo después, en plena adolescencia lo entendí. Esa noche habían acabado con la vida de una líder social, y (su hija de escasos once años de edad). Una líder que nunca conocí, pero de la que siempre escuché cosas maravillosas.
Todos los días aparecían personas sin vida por la calle, en los montes, desaparecidas o devoradas por anfibios. Mi pueblo se teñía de rojo, el rojo de la sangre. Era el resultado de una nefasta alianza entre hombres con armas y el poder local.
No intento señalar a nadie, la justicia ya se encargó de hacerlo, sólo me propuse, desde el día en que comprendí aquel suceso, aportar a la paz, acallar la violencia, cerrarle el paso y nada nos obliga más a repetir nuestra historia triste que el hecho de no conocerla.
Recuerdo también transitar por barrios llenos de pobreza. Los niños que allí habitaban eran pipones como si de lo único que estuvieran llenos fueran de lombrices. La pobreza era compañera diaria de aquellas mujeres, que en la mayoría de los casos parieron y criaron solas a sus hijos.
Recuerdo que no tenían agua potable o alcantarillado, sus casas eran de madera y paja y dentro podían convivir hasta 5 o más personas.
Recuerdo el río que bañaba estas tierras calientes, ese río al que todos le teníamos respeto, porque estaba vivo, tenía fuerza, sus aguas bajaban de las montañas en formas de corrientes mansas y otras veces, enfurecidas como un bravío toro que quiere envestir todo a su paso.
Recuerdo a los más valientes lanzándose del puente boca abajo, el nivel del río lo permitía y los aplausos de la gente los alentaba.
Hoy, 10 o quizás 15 años más tarde, el panorama, tan desalentador y triste sigue siendo el mismo, hoy en plena madurez sigo pasando por aquellos barrios en donde aún falta el agua, en donde las casas de madera sigues apiñándose en una cadena de pobreza, de delincuencia y de desatención de los gobernantes, los especialistas en desarrollo urbano, tiene varios nombres para este fenómeno: suburbios, barrios periféricos, asentamientos urbanos, pero yo los llamo fracaso de la administración pública.
Este pueblo, que hoy yace perdido entre el desinterés y la ignorancia, arrastrado por la corrupción y el mal manejo, ya no sé cómo se llama, pero antes era conocido como el cruce.

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