Jueves , octubre 19 2017
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Columnista haroldo martinez

MÉXICO LINDO

La ciudad de México se hunde desde hace muchos años y quizás esto tenga que ver con los daños que provocan los sismos que en ella se han presentado. Llegué allá en 1986, un año después del tremendo sismo que afectó a la ciudad de manera grave. Lo que se me explicó cuando empecé a averiguar por qué el impacto tan devastador, es que todo empezó con la fundación de Tenochtitlán por los aztecas.

Había una ciudad llamada Aztlán poblada por aztaztecas (no aztecas) y los mexicas. El dios Huizilopochtli le ordenó a los mexicas que emigraran y fundaran otra ciudad, el lugar elegido sería una isla en donde encontrarían a un águila comiéndose a una serpiente. Después de mucho andar encontraron los animales en una isla del lago de Texcoco, isla que se comunicaba con otros islotes, y allí organizaron el asentamiento. Un terreno tan inestable fue llenado con todo tipo de materiales, en particular madera, arcilla y piedra volcánica. Construyeron una ciudad que para la época era más grande que Londres o Madrid. Posteriormente, los conquistadores españoles arrasaron con pirámides, canales y calzadas, todo lo cubrieron con tierra y piedras para construir palacios y catedrales.

Este trabajo mantuvo el suelo estable por varios siglos y el lago casi seco. Pero, con el paso del tiempo, las reservas de agua potable se agotaban por el aumento de la población, por lo que tuvieron que cavar huecos, al principio sin control, pero, alrededor de los años 30, comenzaron las dificultades y hay un registro para 1951 en el que se relata que la ciudad se hundió más de 40 centímetros. En la actualidad, se estima que el D.F. se hunde 10 centímetros anualmente. Basta con pasear por la ciudad para asustarse viendo edificios emblemáticos torcidos o hundidos: el Palacio de Bellas Artes, la Basílica de Guadalupe, la Catedral Metropolitana, el centro histórico.

La ciudad no flota en el lago, como es la creencia general, reposa en un subsuelo de arcilla, el problema radica en que al vaciar los mantos acuíferos, la humedad que quedó se mezcla con la arcilla y ocupa esos espacios, luego se seca, se contrae y hace al terreno fracturable y por eso se hunde.

Al enterarnos de los sucedido con los sismos actuales y observar las imágenes del desastre, no nos queda otra sensación que espanto por lo que haya podido suceder a los mexicanos en general y, en especial, a los hermanos cuyas amistades hicimos allá y que se mantienen por la fuerza del cariño. La impotencia de poder ayudarlos solo nos sirve para comunicarnos con ellos y mantenernos al tanto de lo que sucede con sus vidas. O decir alguna tontería inteligente, como que no olviden poner en práctica el “triángulo de vida” que pudiera, eventualmente, salvarlos.

A los que no rezamos, nos toca cruzar los dedos de la mano en gesto cabalístico para pedir a Tláloc, Quetzacóatl, Coatlicue, Huizilopochtli, Tezcatlipoca, que los cuiden.

 

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