martes , diciembre 18 2018
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RECUPEREMOS LO NUESTRO

Jaime garzón alguna vez dijo “Si los jóvenes no luchan por su futuro, nadie lo va hacer por ellos”, en lo que a mí respecta, siempre he pensado que, si en realidad hay algo porque luchar, es por una educación de calidad que nos catapulte hacia un gran futuro. Seguramente ese criterio lo comparto con un numeroso grupo de estudiante Upecistas de diferentes carreras y diferentes semestres que se han cansado de que año tras año y administración tras administración le sigan robando lo que por ley les pertenece.
La problemática va más allá de ser una cuestión de presupuestos, que entre otras cosas, cuando de financiamiento se trata, la Universidad Popular del Cesar queda en desventaja frente a otras universidades públicas como la Nacional que recibe alrededor de $17.650.000 por estudiante, invertidos en educación de calidad; Mientras que la UPC con 18.566 estudiantes solo recibe del Estado $36.314.000, lo que equivale a $1.950.000 por estudiante; tal como lo expresó en días pasados el representante a la cámara por Antioquia, Jorge Gómez en la plenaria del Senado. Quizás esa mínima financiación sea una de las razones principales por la cual nuestra alma-mater se encuentra en el ranquin como una de las universidades con más baja puntuación en los estándares de calidad educativa,
ya que, si eso se expresa en una ecuación matemática, la inversión en calidad tendría una relación directamente proporcional a los ingresos provenientes del Gobierno Nacional.
Pero el tema de los recursos no queda ahí, toda vez que la problemática no solo se da por el poco ingreso que a el plantel educativo entra, sino también por la desviación y constantes robos de quienes lo “administran”; porque entre otras cosas y aunque últimamente se ha visto una innegable inversión en infraestructura al construir una par de bloques de “aulas inteligentes”, para nadie es un secreto que tales edificios no han podido soportar un aguacero sin que se vaya la luz y sin humedearse por dentro, tanto así que en varias ocasiones los docentes se han visto en la obligación de suspender clases ante la situación; a eso se le suma que en los bloques más antiguos se encuentran salones por los que hace años no se le pasa una mano de pintura, y donde anteriormente funcionaban los laboratorios que mantienen en si un mal olor a sustancias químicas hoy se utilizan como el bloque de matemáticas sin ni siquiera ser remodelados (es como si se diera clases en una antigua morgue), la situación empeora cuando en los diferentes salones es notable la escases de pupitres, lo que permite ver a los estudiantes corriendo en busca de un lugar donde sentarse al momento de iniciar clases. En pocas palabras: ¡En la Universidad Popular del Cesar no hay garantías para prepararse como profesional! Mientras que los pocos recursos que llegan, se siguen perdiendo.
Para dejar el tema monetario de lado y centrarnos en lo social, debemos partir de que hoy en día, Valledupar es la tercera ciudad con mayor desempleo mientras que el Cesar ocupa el quinto puesto a nivel departamental, motivo por el cual los egresados de la UPC después de recibir una titulación se encuentra con un mercado laboral donde la demanda de mano de obra es incipiente, por lo tanto, la única posibilidad de ser contratado es con las llamadas “palancas” o siendo un profesional de los de más alto nivel. Lamentablemente nuestra institución no ha logrado sobrepasar el lumbral de sacar profesionales con estudios mediocres.
El problema de la mediocridad no necesariamente pasa a ser de quienes batallan más de cinco años por obtener un título, sino de un plantel educativo que escasamente tienes dos carreras acreditadas de las 20 que ofrece, la poca investigación con la que cuenta es a través de semilleros no obligatorios y los cuales tienen muy poco acompañamiento de la parte administrativa que no le brinda apoyo ni a los estudiantes ni a profesores participes de los mencionados semilleros, al igual que a los diferentes grupos deportivos y culturales que nos representan, además la insuficiente enseñanza impartida por algunos docentes a quienes yo llamo “los intocables”, estos que por ser de planta y tener un estrecha relación con decanos y directivos se siguen “ganando la plata fácil” porque en realidad no es mucho lo que hacen, perdidas de horas, las típicas clases magistrales y aburridoras del siglo pasado que no despiertan el interés de los estudiantes hacia aprendizaje, entre otras cosas.
Lo que si es cierto es que ya se acercan las campañas hacia la rectoría de la institución para el periodo 2019-2022 y la baraja de postulados deja ver alrededor de 16 candidatos en la carrera por remplazar a Enrique Mesa Daza. Uno de los candidatos más sonados por estos días es Álvaro Javier Iglesias, un joven, docente de ciencias economías a quien la parte administrativa le quiso cortar las aspiraciones quitándole las cargas académicas pero que con el apoyo y respaldo de sus estudiantes logró que le devolvieran sus clases y hoy puede aspirar sin problema alguno.
En fin, quien sea que llegue a ocupar el máximo puesto dentro del plantel debe tener en cuenta que un porcentaje importante de los estudiantes tienen viva la esperanza de que sea una luz ante tanta oscuridad, esos mismos jóvenes que por ahora, solo intentan recuperar lo nuestro.

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