jueves , noviembre 22 2018
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ROBARON A DIOSELINO

“Justo es que pierda lo suyo, quien robar quiso lo tuyo.”
Llegó sudoroso entre la oscuridad y saltó el muro lindante del patio interno de la casa, elegida al azar para intentar saquear. Permaneció un rato inmóvil; escucha, olfatea y analiza el inexplorado ambiente, luego comenzó silente a recorrerlo. Busca algo de valor, que se pueda vender al pícaro reducidor por cualquier dinero.
Exploró con sigilo, dos de los tres cuartos, encontrándolos vacíos, rebuscó en la sala y cocina, abrió la nevera y bebió en tres sorbos— un vaso de jugo de naranja—. No tocó dos botellas plásticas de Coca-Cola litro, que contenían “agüita…para mi gente”, fresquita, para apaciguar la sed, en tardes calurosas.
No halló objeto de valor alguno, ni caja fuerte, dinero, televisor, nada, ni un computador. Así que se reprochó por “haber perdido el tiempo”. Y entonces se arriesgó a ingresar al cuarto ocupado. Observó a alguien profundamente dormido, arrullado por el irritante ruido de un viejo ventilador, que intentaba amainar la ola de calor en la madrugada. Nada, “se reconoció fracasado, esa noche. ¿Por qué se había equivocado de patio? Error de apreciación, dijo para sí.
Buscó evadirse porque ya le fastidiaban los ronquidos destemplados, del curita del barrio —que pernoctaba en ese albergue—, mientras lograra adaptar una habitación más confortable en la casa-cural, con la “ofrenda pastoral” recolectada en la misa semanal y una que otra legada por el fariseo, a cambio de redención de los pecados, aun antes de cometerlos.
El frustrado ladronzuelo, tocó pausada y firme a la puerta, aparentando urbanidad. El ingenuo dormilón sobresaltado, responde desconcertado:
— ¿Quién?, pensando que soñaba, o ¿qué tal sea un llamado del “señor”?, y repitió desconfiado, ya más despierto y quisquilloso.
— ¿Quién toca la puerta? Haciendo una cruz con los dedos índices.
— ¡Yo! Le contestó el ladrón.
Incrédulo, el abate abrió —se miraron desafiantes en pasmado suspenso—, ante la desigual emboscada ya presagiada. Se carearon visualmente y no se atacaron, puesto que ninguno era bastante para someter al otro y estaban desarmados. El ladrón fríamente, sin nada que perder, le dijo controlándolo con la mirada desperdigada en el recinto:
–Amigo, colabóreme…soy sincero, vine a robar pero hasta me equivoqué de patio, no lo voy a agredir, pero no hay nada por aquí y ahora, no sé cómo salir, el muro está muy alto, la puerta con doble llave, estoy cansado y quiero irme al rancho, aunque no lleve nada para los “pelaos”. (Los cuatro hijos que tenía con la Matilde).
—El cura (lo llaman, “Dioselino”, por su tozuda simpatía a Dios), más que impresionado, aturdido y somnoliento buscó las llaves, caminó junto al ladrón a la puerta y destrabaron la cerradura. El ladrón le dijo al clérigo.
—Tíreme una liga compa, mire que estoy jodido. ¡Usted no tiene “naaa” y no nos ha pasado “naaa”!
Dioselino se descubrió, evitando parecer otro caso más de “Usted no sabe quién soy yo”. El ladrón se santiguó y remedó una genuflexión, entonces el cura le echó la bendición y le entregó el único billete que tenía, uno de cinco mil. El caco agradeció gesticulando y le voceó alejándose, con el pulgar hacia arriba.
—Nos vemos el domingo en misa, padre.
Dioselino, se quedó cavilando y tratando de asimilar lo recién sucedido.
“–Gracias a Dios”, y exhaló el aire reprimido en sus pulmones, luego de la descarga de adrenalina, que desató en él una intensa sed y le puso a reflexionar en voz alta, buscando desahogo a su alteración momentánea e imprevista.
— Ufff, cosas de Dios, temprano ayunaré en tu honor señor, pero ahora me tomaré el vaso de jugo, para pasar el susto.
¡Cuando abrió la puerta de la nevera… supo que lo habían robado!
— ¡Ah, grandísimo ladrón!… exclamó quebrantado, cayendo sobre sus rodillas y levantando sus ojos al cielo.
—No solo me robó el jugo y el billetico, sino también la bendición!
La sociedad cambia muy rápido, ya éstos curas y éstos ladrones no se ven.

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