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‘Mamá Vila’, gracias por todo

Siempre andaba con su vestido de medio luto, (esas figuras negras predominando sobre el fondo blanco). Y, al mirarla, no se podía evitar remontarse a la niñez feliz en los parajes áridos en verano y verde intenso en invierno, allá, entre Carrizal y La Junta. Es que la vieja Elvira Maestre de Díaz, la madre de Diomedes Dionisio Díaz Maestre, se parecía a las abuelas. En realidad, todas las viejas de La Junta se parecen, no solo en lo físico, sino también en la verraquera con que enfrentan el mundo para sacar a pulso un hogar cargado de hijos y, después, de nietos, que los hijos le confían para que ellas se los críen. Y cuando les preguntan por qué no se quitan el luto eterno, siempre responden: “Y ya pa’qué ropa de color: ya no la necesito”.

Cuando se le veía, con su cabello corto y blanco (“al natural”, le decía al que le preguntara), con sus manos surcadas por venas caudalosas y su rostro de anciana satisfecha, uno que vivió la niñez en La Junta, la proyectaba levantándose de madrugada, bien temprano, en Carrizal, la parcela de la familia, junto con Rafael, su marido. En medio de su resignación de mujer hacendosa, barría la ceniza del fogón con su escoba de mano, hecha por ella misma con las matas silvestres que cortó en el potrero, prendía las astillas de leña y ponía a hacer el café en la pequeña olla ahumada que le había traído su marido de La Junta, hace muchos años, seguramente comprada en la tienda del Negro Acosta y la vieja Alicia Solano, quienes, después, serían los suergros de su famoso hijo cantante. Mientras el tinto hervía en el fogón recién untado, ella molía el maíz, que Diomedes Díaz y sus hermanos desgranaron y pilaron la tarde anterior y que ella cocinó en la noche, después de servir la cena. En medio del silencio, lo único que se escuchaba en la cocina de bahareque era el crepitar alegre de las llamas y el bramido de un ternero desesperado, que quería salir primero que los otros a beber la leche de la madre de la que lo apartaron Diomedes Díaz y sus hermanos a las tres en punto de la tarde de ayer.

Ya desayunado, Rafael Díaz hacía el queso para vender al otro día en La Junta y Elvira Maestre le daba las primeras puntadas del día a la mochila de fique que empezó a tejer ayer. Su marido se iba con los hijos a revisar la cerca y ella bajaba al río, con la ponchera de ropa sucia incrustada en su vientre a lavar antes de poner hacer el almuerzo. En la tarde, Diomedes Díaz y sus hermanos  salían a apartar los terneros y a encerrarlos para que no se ‘mamaran’ en la noche, desgranaban y pilaban el maíz que Elvira Maestre cocinaría esa noche para molerlo al día siguiente en la madrugada. Mientras se cocinaba la yuca de la cena, que será acompañada de un pedazo de queso fresco y bajada con café de leche, Elvira Maestre terminaba de darle las últimas puntadas a la mochila, que también fue adelantada al medio día.

El hábito de tejer mochila la acompañó siempre; incluso, cuando se fue a vivir a La Junta porque los hijos debían hacer sus estudios primarios. Y cuando ya su hijo Diomedes Díaz se hizo famoso con su canto, se la llevó a vivir a Valledupar. Tampoco dejó de tejer sus mochilas en la capital del Cesar.

Diomedes Díaz no es el único poeta y cantante de la estirpe. Elverth Díaz, su hermano, ya grabó varios trabajos musicales y las canciones de su autoría han sido interpretadas por varios conjuntos vallenatos. Tampoco hay que olvidar que Martín Maestre, hermano de la vieja Elvira, que interpretaba el acordeón de forma magistral: fue él quien le inculcó al joven Diomedes la pasión por la música.

La vieja Elvira Maestre no era mujer de palabras: era mujer de oficio, de hechos. Así quedaba demostrado en cada entrevista que le hacían: ella solo asentía con sus manos y su cabeza lo que respondía con monosílabos. Siempre estaba en su casa de Valledupar. De vez en cuando, iba a Carrizal, la parcela en donde ya no está la humilde casa de barro en donde vivió con su familia: Diomedes Díaz hizo una mansión de dos pisos que dejó a medio terminar.

‘Mamá Vila’, como era conocida, partió para su viaje infinito: ya debe estar compartiendo con su viejo Rafa, el marido que siempre amó en vida; con su hijo Diomedes, al que le mentía disgusto cuando le reclamaba por sus locuras, aunque ella disimulaba la risa que le producían; y con su hermano Martín, el que admiró por su inteligencia musical.

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