Por Carlos Mejía
Al revisar la historia de la violencia en nuestro país, y al aterrizarla en la realidad de nuestra región, el Departamento del Cesar, encontramos un patrón doloroso: los jóvenes han sido utilizados, una y otra vez, como instrumentos para ejecutar y multiplicar actos violentos que han dejado como resultado la pérdida de innumerables vidas.
Por esta razón, hacemos un llamado urgente a todos los mandatarios y mandatarias de las administraciones locales y regionales: ¿Dónde están nuestros jóvenes? ¿Qué hacen después de salir del bachillerato? ¿Qué opciones tienen? ¿Qué oportunidades les estamos ofreciendo?
Es hora de asumir el gran reto: ofrecer alternativas reales y sostenibles para nuestros adolescentes y jóvenes. Es imperativo que los gobiernos exploren rutas de formación técnica, tecnológica y profesional, y que implementen programas sociales integrales que ocupen el tiempo, la mente y el corazón de nuestros jóvenes. Solo así evitaremos que sigan siendo presa fácil de quienes promueven la violencia y el delito.
Necesitamos acciones urgentes. Instamos a cada municipio del Cesar a activar medidas inmediatas para brindar oportunidades concretas a nuestra juventud. Hoy más que nunca, necesitamos sumar esfuerzos para fortalecer el tejido social y abrir caminos de esperanza.
Contamos con múltiples potencialidades en nuestra región. La actividad minera sigue siendo uno de los mayores empleadores, pero también avanzan otros proyectos importantes como la línea férrea, La Dorada y la estación de Chiriguaná. Es clave revisar todas las ofertas institucionales del Estado que están disponibles en el territorio, para garantizar que los jóvenes puedan acceder a ellas.
Desde nuestro quehacer, estamos dispuestos a sumar, a construir, a aportar en esta tarea colectiva de sanar y transformar una sociedad fragmentada y necesitada.
Este es un llamado firme y respetuoso a las autoridades locales: aún hay tiempo. En este último tramo de gobierno, implementen acciones que permitan minimizar el riesgo de que nuestros jóvenes sigan siendo víctimas y victimarios. Que nunca más los jóvenes del Cesar sean instrumento de dolor para las familias colombianas.




