Durante más de una década, La Guajira ha sido uno de los departamentos más olvidados y marginados del país. A pesar de contar con gobernadores que han llegado con hojas de vida impecables, títulos de universidades internacionales y discursos de renovación, los indicadores sociales y económicos siguen gritando abandono. Los dos últimos gobiernos departamentales, liderados por Nemesio Roys Garzón (2020-2023) y Jairo Aguilar Deluque (2024-2027, actual), no han logrado revertir esa realidad.
Harvard en la firma, pero no en la gestión
Nemesio Roys, oriundo de Riohacha, llegó al poder con una carta de presentación envidiable: Magíster en Administración Pública y Gobierno de la Universidad de Harvard, una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Su discurso técnico y estructurado les dio a muchos guajiros la esperanza de que, finalmente, llegaba un gobierno con visión y capacidad de ejecución.
Pero los números y las realidades del territorio lo desmienten. Durante su mandato, La Guajira se mantuvo entre los últimos tres departamentos del país en los principales indicadores: salud, educación, agua potable, nutrición infantil y acceso a servicios básicos. El índice del Consejo Privado de Competitividad lo ubicó en el puesto 31 de 32 departamentos cada año de su administración.
En 2023, mientras se celebraban foros, convenios y cumbres institucionales, más del 70% de los niños wayuu seguían sin acceso a agua potable, y la desnutrición infantil superaba el 50% en algunas zonas rurales del norte del departamento. La brecha no se redujo: se profundizó.
Del discurso técnico al populismo fotogénico
En 2024 llegó al poder Jairo Aguilar Deluque, con una campaña que prometía «un gobierno cercano a la gente, sin clanes ni maquinarias». Su perfil público se mostró como una figura joven, renovadora y sensible, más conectada con las causas sociales. Sin embargo, el estilo de gobierno de Aguilar ha estado marcado —según muchos ciudadanos— por una gestión enfocada en lo mediático, más que en la transformación estructural.
“El actual gobierno departamental me parece nefasto, está más pendiente de cómo se refleja su imagen en los medios que de hacer una verdadera gestión por La Guajira. Gastan miles de millones en conciertos como los del Festival Francisco el Hombre, que supuestamente es sin ánimo de lucro, mientras las escuelas están cayéndose”, afirma un líder comunitario del sur de La Guajira.
Entre las críticas más recurrentes está el abandono de obras claves, como la vía La Florida – Cuestecitas, que aún no está terminada y ya presenta hundimientos, grietas y reparcheos.
“¿Van a esperar que llegue la nueva contienda electoral para contratar lo que falta de esa obra? ¿Dónde están las exigencias al contratista?”, se pregunta un ciudadano de la zona.
¿Qué han hecho realmente por La Guajira?
Ambos gobiernos han tenido oportunidades históricas para cambiar el rumbo del departamento. Pero ni la experticia de Nemesio, ni el estilo cercano de Jairo, han logrado avances sustanciales:
- Educación: Los colegios rurales siguen funcionando con docentes provisionales y estructuras deterioradas. Pese a anuncios de inversión, la deserción escolar se mantiene alta.
- Salud: Hospitales en crisis financiera, falta de especialistas, y una red de atención primaria insuficiente para la población indígena siguen siendo el panorama.
- Agua potable: Pese a promesas de ambos gobiernos, más de la mitad del territorio sigue sin agua potable continua, y los niños wayuu siguen bebiendo agua de jagüeyes contaminados.
- Obras públicas: Numerosos contratos viales están en mora, con fallos de calidad o abandonados. La ciudadanía denuncia una baja ejecución en infraestructura productiva y social.
Voces ciudadanas: entre la desilusión y la esperanza
El descontento es generalizado. Pero también hay quienes reconocen gestos y avances, aunque limitados.
“Después de 3 o 4 periodos horribles de gobernadores en La Guajira, creo que por fin llegó alguien que quiere cambiar la historia. Ha permitido educación gratuita de calidad y ha gestionado recursos para la Uniguajira. También ha buscado alianzas para el agua potable, que es una necesidad urgente”, expresó un universitario de Maicao en referencia al actual mandatario.

Pese a esto, incluso quienes le dan crédito a Aguilar piden menos fotos y más resultados. Las gestiones —dicen— no se pueden quedar en promesas sin ejecución.
¿Para qué sirven los títulos si La Guajira sigue en el último lugar?
Los datos no mienten: desde 2017 hasta hoy, La Guajira ha ocupado de forma constante los últimos lugares en casi todos los informes nacionales de desempeño institucional, calidad de vida, educación y salud.
La paradoja es evidente: mientras otros departamentos con menos títulos en sus líderes muestran avances, La Guajira sigue atrapada en la lógica del atraso institucional, la improvisación y el asistencialismo.
¿Y el futuro?
Con elecciones locales en el horizonte y una ciudadanía cada vez más informada, La Guajira se enfrenta a una decisión clave: seguir eligiendo imagen o empezar a exigir resultados.
Porque gobernar no es posar, ni estudiar en Harvard, ni subir reels desde comunidades vulnerables. Gobernar La Guajira exige carácter, sensibilidad y un compromiso profundo con transformar la realidad de los más pobres entre los pobres.
Aguilar enterró a La Guajira con su pobre gestión
La Guajira está sumida en una crisis estructural que no necesita maquillaje, sino soluciones. El más reciente Índice Departamental de Competitividad (IDC) la ubica en el puesto 25 de 33, con un puntaje de 4,23 sobre 10, dejando en evidencia el rezago que afecta de forma directa la calidad de vida de su población. A esto se suma otro dato alarmante: casi el 40 % de sus habitantes viven en condiciones de pobreza multidimensional.

No es un problema de falta de dinero, es un problema de dirección. Lo que falta en La Guajira no son recursos, sino voluntad política, liderazgo ético y gestión pública eficiente. Gobernar no es aparecer en fotos, es producir resultados concretos. El departamento sigue siendo víctima del abandono estatal y de administraciones que, como la actual, se preocupan más por la imagen que por el impacto.
El gobernador Jairo Aguilar Deluque tiene sobre sus hombros la responsabilidad de cambiar este rumbo, pero hasta ahora los indicadores lo desmienten. No hay avances tangibles ni reformas estructurales que evidencien una transformación. Más bien, el bajo desempeño del departamento habla por sí solo: puntajes de 1,84 en sistema financiero y 1,56 en innovación, los más bajos del país, revelan la inexistencia de un entorno que fomente el emprendimiento, la ciencia o la tecnología.
Emprender en La Guajira es una hazaña, no por falta de ideas, sino por ausencia de apoyo institucional, acceso al crédito y políticas públicas que impulsen a sus jóvenes y empresarios. Mientras tanto, los niveles de educación, salud, infraestructura, empleo y acceso a servicios básicos siguen en retroceso.
La Guajira tiene todo para brillar: recursos naturales, potencial turístico, ubicación estratégica y una cultura resiliente. Pero sigue apagada por la opacidad de sus gobernantes. Los sueños de su gente no pueden seguir enterrados bajo las ruinas de la corrupción ni sofocados por la burocracia que nada transforma.
«Si no se sacude el modelo de gestión y se prioriza el bienestar colectivo por encima del interés particular, La Guajira seguirá estando entre los últimos, no por destino, sino por abandono. Gobernar no es posar. Gobernar es cumplir», afirman analistas de la política en La Guajira.
La Guajira en manos de Jairito, ¡un desastre anunciado!
La Guajira vive uno de sus peores momentos, y todo apunta a una gestión marcada por la indolencia, el desorden y el despilfarro. Bajo la administración de Jairo Aguilar Deluque, los indicadores de seguridad y manejo de recursos se han desplomado, dejando al departamento en una profunda crisis.
Según cifras oficiales del Ministerio de Defensa, los homicidios han aumentado un 24 % en lo corrido de 2025, con 63 asesinatos registrados. Peor aún, la extorsión se disparó un 116 %, mientras que el hurto a personas ya alcanza los 344 casos en lo que va del año. La inseguridad crece y el gobierno departamental parece más enfocado en la autopromoción que en tomar medidas efectivas.
Pero el descalabro no solo es en materia de seguridad. La joya de la corona del despilfarro es Esepgua, la empresa encargada de gestionar el agua potable en La Guajira. Más de 3.500 millones de pesos —el 15 % de los recursos SGP destinados a agua potable— se están gastando solo en nómina y administración. Mientras tanto, comunidades enteras siguen sin acceso al líquido vital. Por allí, dicen algunos, “están sacando la pulpa”.

