Por: Laura Zuleta Amara
Abogada y columnista de opinión
La indignación no basta: la deshumanización se ha convertido en rutina, y el silencio es su mejor aliado.
El tema nos golpea de frente; no hay manera de ignorarlo ni de mirar hacia otro lado. Hoy, 11 de agosto, amanecimos con la triste noticia del fallecimiento del senador Miguel Uribe. Y más allá de buscar culpables en “la izquierda” o “la derecha”, se trata de reconocer lo profundamente deshumanizada que está nuestra sociedad colombiana.
¿Por qué nos condenamos, una y otra vez, a repetir la historia? ¿Por qué volvemos a caer tan bajo? ¿Cómo es posible que la libre expresión de una persona pueda costarle la vida? ¿De verdad Colombia es un Estado de derecho? ¿Derecho… a qué? Preguntas que me han estado golpeando la mente desde que supe la noticia.
Es cierto, tenemos dirigentes. Pero también es cierto que la responsabilidad es nuestra, como ciudadanos, como familias —primer núcleo de la sociedad— de aportar para la construcción de una realidad distinta en nuestro país.
Ese “Cesó la horrible noche” que tanto repetimos parece desvanecerse, y es imposible negarlo. Qué dolor, Colombia. Mi país diverso, lleno de gente hermosa… ¿en qué nos estamos convirtiendo?
No basta con indignarnos en redes sociales ni con lamentarnos por un par de días. La historia nos ha demostrado que el silencio, la indiferencia y la resignación son cómplices del deterioro de nuestra democracia y de nuestra humanidad. Si queremos un país distinto, debemos empezar por no callar ante la injusticia, por educar en el respeto y por exigir a nuestros líderes —y a nosotros mismos— coherencia, transparencia y compromiso real con la vida.
Porque si seguimos actuando como espectadores, no habrá noche que cese… y la historia seguirá escribiéndose con sangre.


