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Aumenta el tiempo frente a pantallas, mientras disminuye el juego: la fórmula que tiene en jaque a la infancia

Por: Karen Pionce, Directora del programa de Licenciatura en Educación Infantil, Fundación Universitaria del Área Andina, sede Valledupar

Cada vez es más habitual ver a niñas y niños pequeños inmersos en pantallas durante largos tramos del día. Lo que comenzó como una solución práctica para acompañar la rutina familiar se ha convertido en el escenario principal donde la infancia transcurre. En Colombia, según UNICEF, la exposición digital supera ya el tiempo dedicado al juego libre, la conversación y la lectura compartida. Ese desplazamiento no es menor: afecta la forma en que niñas y niños construyen vínculos, desarrollan lenguaje, regulan sus emociones y aprenden a habitar el mundo.

En mi labor como docente, observo cómo esta realidad se manifiesta en el aula. Cada vez es más frecuente encontrar estudiantes con menor tolerancia a la frustración, dificultades para sostener la atención y retrasos en la expresión verbal. No porque les falte capacidad, sino porque se han reducido las experiencias que alimentan el desarrollo temprano: la exploración libre, el movimiento, el juego corporal y la conversación sostenida. La infancia necesita mirada, voz y presencia. Ninguna pantalla puede reemplazar esa trama relacional.

La evidencia científica confirma esta tendencia. Estudios recientes en JAMA Network Open muestran que la exposición prolongada a pantallas está asociada con mayor riesgo de miopía infantil. Investigaciones en JAMA Pediatrics señalan efectos en memoria, comunicación y resolución de problemas cuando el uso es pasivo y sin acompañamiento. La tecnología no es dañina por sí misma: el problema es cuando ocupa el lugar de experiencias multisensoriales y vínculos afectivos que requieren tiempo compartido.

El sueño, un pilar esencial para la maduración neurológica, también se ve comprometido. La revista Sleep Health documenta cómo la luz azul y la estimulación digital antes de dormir reducen la producción de melatonina y alteran los ciclos de descanso. Cuando un niño no duerme lo suficiente, aprender y autorregularse se vuelve más difícil. El sueño no es un complemento, es la base sobre la que se organiza el desarrollo cognitivo y emocional.

A ello se suma un cambio silencioso: la forma en que la infancia se relaciona con el tiempo. Los contenidos veloces y fragmentados entrenan el cerebro para buscar gratificación inmediata. Esto dificulta sostener la atención, esperar turnos, escuchar con calma y resolver problemas paso a paso. La capacidad de demora —esa que permite concentrarse, escuchar, pensar y crear— se construye con juego, conversación, lectura y presencia humana. La pantalla, usada sin mediación, ofrece lo contrario.

No se trata de prohibir ni de culpar. Muchas familias recurren a la tecnología porque no cuentan con redes de apoyo, tiempo disponible o espacios seguros para el juego. La invitación es a acompañar. La OMS y la Asociación Americana de Pediatría recomiendan cero pantallas durante el primer año de vida y uso limitado y mediado entre los dos y cuatro años. Más importante que controlar minutos es establecer hábitos claros: comidas sin dispositivos, rutinas de sueño libres de estímulos, momentos diarios de lectura, música, dibujo, conversación y juego simbólico.

Los jardines y colegios pueden contribuir promoviendo horarios sin pantallas, fortaleciendo el juego libre, ofreciendo actividades artísticas y orientando a las familias. La escuela puede y debe ser un espacio donde la interacción directa, la mirada y la cooperación recuperen protagonismo.

También existen señales de alerta que conviene atender a tiempo: irritabilidad extrema al apagar los dispositivos, desinterés por actividades fuera de la pantalla, retrasos en el lenguaje y dificultades persistentes para dormir. Buscar orientación profesional ante estos signos es un acto de cuidado, no de alarma.

En conclusión, la tecnología puede ser una aliada valiosa para aprender y explorar, siempre que no ocupe el lugar de lo que solo puede ofrecer el encuentro humano. La infancia necesita tiempo compartido, voces que acompañan, manos que guían y espacios para explorar el mundo con todos los sentidos. Recuperar ese equilibrio no es un gesto nostálgico: es una decisión ética. El futuro emocional y cognitivo de los niños se está formando hoy, en sus experiencias cotidianas. Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo si actuamos de forma colectiva y responsable.

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