Destronado quedó Carlos Felipe Quintero después que tuvo la osadía de referirse en términos desobligantes al jefe máximo del Partido Liberal, el ‘Lord Gaviria’.
En el reino del partido Liberal, don César Gaviria se levantó un día con el ceño más serio que una vaca mirando el cielo y decidió que Carlos Felipe Quintero no tendría el aval. “Que se sepa en todo el territorio Liberal”, habría dicho, “el que esperaba cabalgar con nuestra bandera deberá bajarse del corcel antes de llegar al puente. No es por rencilla ni por capricho, sino porque aquí mandamos quienes decidimos y quien no tenga mi bendición… que vaya buscando otro camino”.
En los corrillos del partido, la noticia se esparció más rápido que rumor de feria: unos se reían por lo obvio, otros suspiraban por lo inevitable. Y así, Carlos Felipe quedó en ese limbo que solo existe cuando la autoridad decide que alguien no merece sentarse a la mesa: elegido por algunos, ignorado por el rey del partido, y con la certeza de que, aunque intente tocar las puertas del poder, el trono ya había hablado. Porque en este Reino Liberal, como en todo buen palacio, la voz del jefe pesa más que mil promesas y más que cualquier aplauso que pueda dar la plaza pública.

