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Semáforos inteligentes: Valledupar no puede seguir esperando

Por: Francisco Ustariz

Director del programa de Ingeniería Civil

Fundación Universitaria del Área Andina, sede Valledupar

Por años, la movilidad en la ciudad ha sido tratada como un problema secundario, casi inevitable. Trancones que “se aguantan”, cruces peatonales inseguros que “siempre han sido así” y un tránsito dominado por motocicletas que obliga a improvisar todos los días. Pero la capital del Cesar ya cruzó un límite: hoy la congestión no solo incomoda, también cuesta tiempo, dinero y vidas. Y seguir postergando decisiones estructurales es, en sí mismo, una decisión cuestionable.

Por eso resulta pertinente mirar con atención lo que hizo Cartagena, que en julio de 2025 puso en marcha su Central Semafórica Inteligente. No se trató de un anuncio futurista ni de una vitrina tecnológica, sino de una intervención concreta sobre intersecciones históricamente conflictivas. Sensores, cámaras de video detección y control en tiempo real reemplazaron la lógica del semáforo con ciclos fijos, incapaz de leer la realidad del tráfico. El resultado fue simple, aunque potente: menos improvisación y más gestión basada en datos.

La experiencia cartagenera demuestra algo que en ciudades intermedias suele olvidarse: la tecnología urbana solo funciona cuando resuelve problemas reales. Un sistema inteligente no es aquel que acumula dispositivos, sino el que entiende cómo se mueven las personas, dónde se congestiona el transporte público, cómo cruzan los peatones y por qué las glorietas terminan siendo puntos de conflicto permanente. Sin esa lectura integral, cualquier innovación se queda a medio camino.

Seguir administrando el trancón también es una forma de decidir

Valledupar ha dado pasos, pero todavía tímidos. La modernización de algunos cruces con semáforos LED en 2024 fue necesaria, aunque claramente insuficiente. Cambiar luminarias sin conectarlas a una central de gestión es como comprar un celular de última generación para usarlo solo como reloj. La verdadera transformación está en integrar intersecciones, leer información en tiempo real y ajustar decisiones segundo a segundo, no en repetir intervenciones fragmentadas.

Desde la academia se ha insistido en que la semaforización inteligente no puede verse como un proyecto aislado. Debe hacer parte de una política de movilidad urbana que defina corredores prioritarios, garantice conectividad robusta, cumpla el Manual de Señalización Vial vigente y, sobre todo, prevea mantenimiento y protección frente al vandalismo, un riesgo que no puede subestimarse en el contexto local. Un sistema abandonado o dañado rápidamente se convierte en una frustración más para la ciudadanía.

Los datos internacionales respaldan esta visión. Sistemas bien operados reportan reducciones de entre 15 % y 25 % en los tiempos de espera, además de mejoras sostenidas en seguridad vial y eficiencia del transporte público. No son cifras automáticas ni promesas garantizadas: dependen de operación constante, capacidad institucional y disciplina en la toma de decisiones. Pero muestran que el retorno social de este tipo de inversiones suele ser alto, especialmente en ciudades donde cada minuto perdido pesa en productividad y calidad de vida.

Además, la ciudad no parte de cero. El Instituto Departamental de Tránsito del Cesar ya opera equipos automáticos de detección en vías intermunicipales, lo que demuestra que existe conocimiento técnico local. Articular esa experiencia con un piloto urbano serio permitiría evaluar resultados reales antes de escalar el modelo a toda la ciudad. El error sería importar soluciones sin apropiarlas o lanzarse a una implementación total sin aprendizaje previo.

En el fondo, la discusión no es tecnológica, sino política y ciudadana. ¿Queremos seguir “administrando” la congestión o empezar a gestionarla con criterio técnico? ¿Preferimos parches visibles o soluciones estructurales que no siempre lucen, pero transforman la vida cotidiana? La movilidad es un termómetro de gobernanza: cuando falla, revela desorden; cuando mejora, libera tiempo, reduce estrés y mejora la convivencia urbana.

Valledupar aún está a tiempo de decidir. Puede seguir normalizando el trancón o asumir que una ciudad que crece necesita inteligencia, datos y planeación. La experiencia de Cartagena no es una receta perfecta, pero sí una señal clara de rumbo. Ignorarla sería, una vez más, dejar el semáforo en rojo cuando ya es hora de avanzar.

Relación con medios: María Camila Zabala / El Conserje Marketing de Opinión / Cel. 3176489909 / mzabala@grupoelconserje.com

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