Por: Alix Belinda Castro, directora del programa de Comunicación Social de Areandina
En Colombia, la desinformación es una realidad que interactúa de forma directa con nuestra vida cívica, política y cultural. Según estudios, hasta el 73 % de los colombianos reconoce que no sabe identificar una noticia falsa o ‘fake news’ cuando se enfrenta a ella en internet o redes sociales; en consecuencia, gran parte de la ciudadanía tiende a aceptar como verídica información sin contrastarla previamente.
Esta cifra, tres puntos porcentuales por encima de la media latinoamericana, no solo es muestra de una brecha educativa, sino que revela una vulnerabilidad estructural de nuestra sociedad frente al flujo indiscriminado de contenidos digitales.
Múltiples estudios han demostrado que las redes sociales concentran casi el 87 % de la circulación de información falsa, con niveles significativamente menores en medios tradicionales. Esta “desinfodemia”, como algunos la denominan, se alimenta de mensajes sensacionalistas, emotivos o polarizantes que se comparten ampliamente debido a su impacto emocional y no a su veracidad.
Este contexto plantea una pregunta importante, ¿Qué diferencia al periodista del ciudadano con un micrófono o cámara en la mano?
La respuesta es tanto metodológica como ética; el periodismo opera con procedimientos que no son visibles a simple vista pero que cambian completamente la calidad de la información, como lo son la verificación de fuentes, el contraste de información, el uso de múltiples fuentes confiables, la evaluación crítica de datos y la responsabilidad de preveer el impacto de cada publicación. No se trata sólo de narrar hechos, sino de construir narrativas con rigor epistemológico y sentido social.
En un entorno donde las noticias falsas pueden propagarse con enorme rapidez, el rol del periodista, lejos de desaparecer, se vuelve indispensable, pues su labor es determinante para la protección de la integridad informativa y la confianza pública.
El periodismo sigue siendo un factor clave en la defensa de la democracia y la ciudadanía, gracias al ejercicio investigativo se han destapado casos de corrupción, escándalos de interés público y problemáticas silenciadas, aportando datos y contextos que no se encuentran en el flujo superficial de las publicaciones virales. Este trabajo habilita el juicio crítico y la toma de decisiones responsables, pilares fundamentales de una sociedad deliberativa.
En este contexto, resulta alentador observar cómo en Colombia las iniciativas de verificación periodística y educación mediática han comenzado a tomar mayor fuerza. Su objetivo no se limita a corregir información falsa, sino a fomentar una cultura de lectura crítica, en la que el usuario asuma un rol más reflexivo dentro del ecosistema informativo.
En este Día del Periodismo, conviene reconocer que el desafío ya no es exclusivamente producir información veraz; el reto es también educar ciudadanos críticos, capaces de diferenciar entre contenidos atractivos y datos verificados con rigor. Esta labor no está reñida con la democratización de la palabra, sino con dotarla de responsabilidad y método.


