En el Cesar, gobernar ya no siempre significa administrar: muchas veces significa sobrevivir al escándalo. Mientras los discursos oficiales hablan de progreso, transparencia y transformación, en varios municipios la realidad que denuncian los ciudadanos parece contar otra historia: hospitales inconclusos, contratos sospechosos, intoxicaciones masivas, fiestas privadas en medio del luto, familiares favorecidos, basuras sin recoger y alcaldes que, ante las preguntas incómodas, prefieren el silencio.
Durante meses, el Semanario La Calle siguió el rastro de cinco mandatarios municipales que, por distintas razones, terminaron convertidos en protagonistas no por sus obras, sino por las polémicas que los rodean. Desde el norte hasta el sur del departamento, los nombres se repiten en denuncias ciudadanas, reclamos comunitarios y expedientes que aún esperan respuestas. No se trata de errores aislados. En muchos casos, el patrón se parece demasiado: contratistas repetidos, explicaciones débiles, comunidades inconformes y una preocupante costumbre de administrar lo público como si fuera asunto privado.
Estos son, para muchos cesarenses, los cinco alcaldes más cuestionados del departamento.
Gamarra: Cristian Márquez y la alcaldía donde todos preguntan quién manda

Si este ranking tiene un primer lugar claro, ese es Gamarra. Y no sólo por la mala gestión, sino porque en este municipio ni siquiera parece claro quién gobierna realmente. Aunque el alcalde elegido fue Cristian Leonardo Márquez Badillo, en el pueblo muchos aseguran que quien toma las decisiones de fondo es su hermano, Fernando Márquez, quien inicialmente iba a ser el candidato, pero quedó por fuera por una inhabilidad. Cristian terminó llegando al poder impulsado por esa misma estructura política, y, desde entonces, la sensación ciudadana ha sido la misma: Fernando sigue mandando desde la sombra.
La polémica creció cuando comenzaron a circular versiones sobre una fuerte pelea entre ambos hermanos por unos contratos adjudicados sin el visto bueno de Fernando; incluso, se habló de un altercado físico dentro del despacho. Aunque el alcalde grabó un video negándolo todo, terminó reafirmando que seguiría trabajando “de la mano” con su hermano, dejando más dudas que tranquilidad. En Gamarra, muchos no hablan de Cristian como alcalde, sino de “Cristian Carnaval”. La razón: más fiestas, cabalgatas y festivales equinos que soluciones reales para un municipio golpeado por el desempleo, la pobreza y el abandono.
Mientras se organizan festivales de caballos y zonas VIP en fiestas patronales, siguen las quejas por el deterioro del Hospital Olaya Herrera, la falta de obras visibles, el abandono del caño Rabón y hasta la pérdida del único banco del municipio, en medio de denuncias por retaliaciones políticas. A eso se suma el silencio institucional frente a la tragedia que marcó a Gamarra: la muerte de la funcionaria de la Registraduría Duperly Arévalo, quemada viva en los hechos de octubre de 2023. Un año después, líderes locales denunciaron que la alcaldía ni siquiera hizo un acto simbólico para recordarla.
En Gamarra no sólo cuestionan la gestión. Cuestionan algo más grave: si el alcalde es Cristian, ¿por qué todo el mundo sigue mirando a Fernando?
Pelaya: José Fabio Valencia y el alcalde que dejó botados a los universitarios

En Pelaya no hizo falta un gran escándalo nacional para encender la indignación. Bastó desmontar el corredor universitario y dejar que decenas de jóvenes asumieran solos el costo de seguir estudiando. La decisión golpeó directamente a estudiantes de corregimientos y zonas rurales que dependían de ese apoyo para movilizarse y no abandonar sus carreras. Un año después, muchos siguen pagando más transporte, buscando cómo sobrevivir lejos de casa o simplemente renunciando al sueño universitario.
Mientras tanto, el alcalde José Fabio Valencia se mantiene firme en su postura, pese a las críticas, testimonios y el evidente impacto social. El mensaje fue claro: estudiar sí, pero como puedan. En un municipio donde la educación debería ser prioridad, terminar convirtiéndose en el mandatario que desmontó oportunidades pesa más que cualquier discurso institucional.
Pelaya no olvida.
Astrea: Alfredo Barrios y la alcaldía que respondió con evasivas

En Astrea, más que las respuestas, lo que hizo ruido fue la ausencia de ellas. Las denuncias por falta de información pública, dificultades para acceder a documentos y respuestas insuficientes desde la administración municipal terminaron generando un debate serio sobre transparencia. Cuando ciudadanos pidieron claridad sobre asuntos administrativos, la respuesta fue remitirlos al Secop, como si eso sustituyera el deber legal de contestar de fondo. Las cortes en Colombia ya han establecido que eso no basta.
No se trata sólo de un trámite mal hecho: se trata de una cultura institucional donde explicar parece molestar. La gestión pública no puede funcionar como una ventanilla cerrada donde el ciudadano pregunta y la alcaldía se esconde detrás de enlaces. En Astrea, el problema no fue sólo la información: fue la sensación de que gobernar también se volvió administrar silencios.
San Martín: Yan Navarro y el alcalde que siempre parece no tener culpa

En San Martín, cada problema parece encontrar la misma respuesta oficial: “eso no me corresponde”. El caso más fuerte fue el retraso multimillonario en la construcción del Hospital Álvaro Ramírez González, una obra de más de 30 mil millones de pesos que debía transformar la atención en salud y terminó convertida en símbolo de demora, frustración y desconfianza.
Mientras la comunidad protestaba, las denuncias por retrasos imposibles de justificar y el Ministerio de Salud intervenía con visitas y cronogramas, la administración municipal insistía en que el hospital era autónomo y que la alcaldía no era supervisora de la obra.
Después vinieron otras polémicas: denuncias por supuestos favores laborales a cercanos del poder, quejas por obras deficientes de alcantarillado y hasta reclamos por la logística electoral tras denuncias de comida en mal estado para jurados de votación. La sensación ciudadana terminó siendo peligrosa: cuando todo sale mal, nadie responde. Y si nadie responde, el alcalde termina respondiendo políticamente por todo.
Río de Oro: Arnoldo Osorio y el gobierno donde hasta los sándwiches terminaron en escándalo

Río de Oro logró algo difícil: convertir un refrigerio escolar en un símbolo de crisis política. Dieciséis niños intoxicados —y luego la confirmación de contaminación en todos los alimentos analizados— pusieron bajo la lupa a la administración de Arnoldo Osorio. Los famosos sándwiches donados por la alcaldía terminaron siendo apenas una parte de un problema mayor.
Durante meses hubo versiones cruzadas, silencios institucionales y dudas sobre si la responsabilidad era del PAE o de los alimentos entregados por la administración. Cuando finalmente aparecieron los resultados de laboratorio, la conclusión fue peor: todo estaba contaminado. Pero ese no fue el único frente.
También aparecieron cuestionamientos por millonarios contratos de eventos culturales repetidamente adjudicados a los mismos nombres, denuncias por contratación sospechosa y una creciente preocupación por la crisis de seguridad en el municipio. En Río de Oro, el problema no fue un hecho aislado: fue la acumulación. Y cuando los escándalos se vuelven rutina, la administración deja de defenderse y empieza simplemente a acostumbrarse.
El verdadero problema
Lo más grave de esta lista no es quién ocupa el primer lugar. Lo realmente preocupante es que en los cinco casos aparece el mismo patrón: ciudadanos denunciando, concejales advirtiendo, medios insistiendo y administraciones respondiendo tarde, mal o nunca. No son alcaldes distintos enfrentando problemas distintos.
Es la misma enfermedad repetida en municipios diferentes. La política local sigue atrapada entre la falta de control, el clientelismo reciclado y la peligrosa costumbre de creer que el poder municipal no rinde cuentas. Y mientras eso pasa, los que pagan son siempre los mismos: estudiantes, pacientes, jurados, trabajadores, líderes comunales y familias enteras que no salen en los discursos oficiales. Este ranking puede incomodar. Pero más incómodo debería ser gobernar mal y pretender aplausos.

