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El fútbol colombiano, atrapado en su propia historia

Por Marial Robles

Colombia sigue prisionera en el recuerdo de esa tarde eterna de 1993. El 5-0 contra Argentina dejó de ser una hazaña para convertirse en refugio, excusa y mito. Lo preocupante no es recordarlo, sino seguir viviendo de ello.

Treinta años después, el país continúa mirándose en ese espejo como si nada hubiera cambiado. Como si la evolución táctica fuera opcional. Como si competir al más alto nivel no exigiera estructura, planificación y una exigencia real.

Se insiste en que la liga es de las mejores. Talento hay, eso no se discute. Pero su contexto competitivo es insuficiente. Ni siquiera se garantizan condiciones básicas: calendarios improvisados, estadios ocupados por conciertos y una desorganización que dejó de ser problema para convertirse en costumbre.

El entorno se instaló en un discurso cómodo. Se agrandan pequeñas victorias hasta convertirlas en epopeyas, mientras en el plano internacional la realidad marca distancia. Se justifica todo: el calendario, los árbitros, la logística, la falta de recursos. Excusas sobran. Autocrítica, casi nunca aparece.

En ese escenario, los jugadores  ‘muchos con condiciones para competir a otro nivel’ quedan atrapados en un sistema que no les exige. Se aplaude la intención, pero no se corrige la ejecución. Se cuida la imagen, pero no el rendimiento. Se protege el discurso, pero no el resultado.

La conclusión incomoda: el problema no es solo dirigencial, es cultural.

Mientras se siga celebrando lo básico como si fuera extraordinario, el fútbol nacional seguirá lejos de lo que cree ser. Mientras siga viviendo del pasado, seguirá perdiendo el presente.

El fútbol no necesita nostalgia. Necesita decisiones.

Y, sobre todo, necesita dejar de mentirse.

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