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Abelardo es un candidato ‘inflado’ por maquinarias y estrategia de publicidad

La campaña presidencial de 2026 terminó convirtiéndose, otra vez, en un choque de modelos de país. No solo por las propuestas económicas o por las diferencias ideológicas. También por el tipo de respaldos que acompañan a cada candidatura. Mientras el senador Iván Cepeda Castro ha construido una alianza abierta con movimientos sociales, sectores progresistas, organizaciones indígenas y bases ciudadanas, el abogado Abelardo de la Espriella insiste en presentarse como un outsider antipolítico, aunque detrás de su campaña empiezan a aparecer algunas de las maquinarias más tradicionales y cuestionadas del país.

El país que se volvió a dividir

La diferencia no es menor. Cepeda aparece acompañado por sindicatos, líderes estudiantiles, congresistas alternativos, organizaciones populares y sectores liberales independientes. Abelardo, en cambio, intenta mostrarse como un hombre enfrentado a la política tradicional, mientras recibe respaldos de clanes regionales que han dominado departamentos enteros durante décadas. Ahí está, quizá, una de las contradicciones más evidentes de esta campaña presidencial.

Iván Cepeda y la consolidación del bloque progresista

La candidatura de Iván Cepeda, acompañado por la dirigente indígena Aída Quilcué, logró convertirse en el principal punto de encuentro de las fuerzas progresistas del país. El Pacto Histórico es el corazón de esa coalición, pero alrededor suyo también comenzaron a gravitar sectores del centro político, movimientos indígenas, organizaciones comunitarias y grupos liberales independientes que ven en Cepeda una posibilidad de continuidad para las reformas sociales impulsadas en los últimos años.

La adhesión de sectores provenientes de la Alianza Verde y de movimientos liberales de base demuestra que la candidatura de Cepeda dejó de ser exclusivamente de izquierda para convertirse en un proyecto político mucho más amplio; incluso, dirigentes moderados han entendido que, ante el avance de candidaturas sostenidas por viejas estructuras clientelistas, el petrismo encontró la manera de construir una narrativa de unidad popular.

En las plazas públicas donde aparece Cepeda no hay misterio sobre quiénes lo respaldan. Allí están los congresistas alternativos, los líderes indígenas, los sindicatos, los estudiantes, las organizaciones sociales y las bases territoriales que históricamente han acompañado las luchas progresistas. No hay necesidad de esconder apoyos ni de maquillar alianzas.

Abelardo y los apoyos que no aparecen en tarima

Muy distinta es la situación de Abelardo de la Espriella. Su discurso insiste en que no tiene pactos con la clase política tradicional y que su único compromiso es “con Dios y con el pueblo colombiano”. Sin embargo, en distintas regiones del país empiezan a aparecer respaldos provenientes justamente de las maquinarias que durante años han controlado buena parte del poder electoral.

En el Cesar, por ejemplo, sectores políticos vinculados a la Casa Gnecco han terminado alineados con la candidatura del abogado costeño.

Tal situación quedó evidenciada en la plaza Alfonso Lopez, cuando llegaron grupos de personas traídas de diferentes municipios del Cesar para llenar el lugar donde estuvo De la Espriella.

Esa actividad fue liderada por la gobernadora del Cesar, Elvia Milena Sanjuán, quien dio la orden directa a los empleados y contratistas, no sólo de asistir, sino de llevar familia y amigos.

En La Guajira ocurre algo similar con estructuras cercanas al senador Alfredo Deluque. Y en el Atlántico, distintos analistas ya observan simpatías de sectores relacionados con la poderosa Casa Char.

Pero esos respaldos rara vez aparecen de manera explícita en los eventos nacionales de Abelardo. La estrategia parece evidente: preservar la imagen de outsider, de hombre ajeno a la política tradicional, aunque detrás de la campaña comiencen a moverse, precisamente, los mismos grupos electorales que han dominado históricamente buena parte de la Costa Caribe.

Ese doble discurso empieza a generar preguntas incómodas. Porque una cosa es proclamarse independiente y otra muy distinta construir silenciosamente alianzas con los clanes que representan exactamente aquello que se dice combatir.

El fenómeno emocional de Abelardo

Sería un error, sin embargo, reducir la candidatura de Abelardo únicamente a sus respaldos políticos. El abogado logró conectar con un sector ciudadano inconforme, especialmente conservador, que se siente identificado con su discurso de autoridad, patriotismo y confrontación frontal contra la izquierda. Su movimiento “Defensores de la Patria”, junto al respaldo del partido Colombia Justa Libres y del movimiento Salvación Nacional, le permitió construir una estructura nacional importante. Además, el acompañamiento de sectores cristianos le aporta un caudal electoral considerable.

Las multitudinarias concentraciones de campaña —incluyendo la de la Plaza Alfonso López de Valledupar— muestran que existe un fenómeno político real alrededor de su figura, pero una cosa es el entusiasmo ciudadano y otra muy distinta la composición real de los apoyos políticos que terminan rodeando la candidatura. Y ahí es donde empiezan las dudas sobre cuánto tiene Abelardo de outsider y cuánto de heredero silencioso de las viejas maquinarias regionales.

Paloma Valencia y la apuesta por el centro

En medio de esa polarización aparece otra figura relevante de la derecha: Paloma Valencia. La candidata del Centro Democrático entendió que, para competir realmente por la Presidencia, necesitaba salir del electorado estrictamente uribista y buscar votos de centro.

Por eso provocó un verdadero terremoto político cuando escogió como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, exdirector del DANE y exconcejal de Bogotá, identificado por muchos sectores como una figura de centro e, incluso, de sensibilidad progresista en algunos temas sociales.

La jugada fue audaz. Pero también profundamente contradictoria. Paloma Valencia representa el ala más conservadora del uribismo en asuntos como la familia tradicional y el acuerdo de paz firmado con las Farc en 2016. Oviedo, en cambio, es un defensor abierto de las familias diversas y ha respaldado públicamente el proceso de paz. Son dos visiones del país que, hasta hace poco, parecían incompatibles. La alianza generó fuertes tensiones internas dentro del propio Centro Democrático.

El malestar en el uribismo

La apuesta de Paloma Valencia por acercarse al centro político terminó abriendo una fractura interna dentro del uribismo. La escogencia de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial no solo generó incomodidad en sectores conservadores, sino que aceleró el distanciamiento de algunas de las figuras más radicales del Centro Democrático.

La más crítica fue la senadora María Fernanda Cabal, quien cuestionó públicamente la alianza y aseguró que la llegada de Oviedo estaba produciendo un “electrochoque” dentro del partido. Pero las diferencias ya no se quedaron en declaraciones. Tanto Cabal como su esposo, el dirigente gremial José Félix Lafaurie, terminaron alejándose políticamente del Centro Democrático y hoy aparecen mucho más cercanos a la candidatura de Abelardo de la Espriella que a la propia campaña de Paloma Valencia.

El episodio dejó en evidencia las tensiones ideológicas que atraviesan actualmente a la derecha colombiana. Mientras Paloma intenta ampliar su base electoral hacia sectores moderados y urbanos, una parte del uribismo duro considera que esa apertura implica renunciar a principios históricos del movimiento. La tensión revela un problema más profundo: el Centro Democrático intenta ampliar su electorado hacia el centro político sin fracturar su identidad ideológica. Y no está claro qué pueda lograr ambas cosas al mismo tiempo.

La consecuencia es evidente: el bloque conservador llega dividido a la contienda presidencial, con un sector apostando por una derecha más institucional alrededor de Paloma Valencia y otro inclinándose hacia el discurso frontal, emocional y antisistema de Abelardo de la Espriella.

La campaña que tenemos

A menos de una semana de las elecciones, Colombia se perfiló en tres grandes narrativas. La de Iván Cepeda, sustentada en movimientos sociales, fuerzas progresistas y sectores populares que buscan consolidar un proyecto reformista. La de Abelardo de la Espriella, construida sobre un poderoso discurso antisistema, aunque acompañado discretamente por viejas maquinarias regionales. Y la de Paloma Valencia, que intenta modernizar la derecha uribista sin perder a su electorado tradicional.

Por ahora, el escenario deja una conclusión evidente: mientras algunos candidatos esconden cuidadosamente quiénes los apoyan, otros convierten sus respaldos en parte central de su identidad política. Y en una campaña marcada por el descrédito de la clase dirigente, esa diferencia podría terminar siendo decisiva.

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