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El ser humano entre el ser, el hacer y el tener

Por Isaías Celedón Cotes, Psicólogo y escritor

“Si soy lo que tengo y lo que tengo lo pierdo, entonces ¿quién soy?” –  Erich Fromm

Hay preguntas que llegan a la vida sin hacer ruido. No aparecen necesariamente en los momentos de crisis, sino muchas veces cuando creemos haber alcanzado aquello que durante años perseguimos. Después de tanto esfuerzo, de tantos sueños convertidos en metas y de tantas metas convertidas en logros, algunas personas descubren una inquietud inesperada: ¿era esto lo que estaba buscando?

La psicología existencial ha reflexionado durante mucho tiempo sobre esa sensación. El ser humano no solo necesita resolver problemas materiales; también necesita encontrar significado. Puede tener razones para sentirse satisfecho y, sin embargo, experimentar una especie de vacío que no sabe explicar.

Quizás porque hemos aprendido a vivir de afuera hacia adentro.

La sociedad moderna nos educa para el hacer y para el tener. Desde niños nos preguntan qué queremos ser cuando grandes, pero en realidad quieren saber qué profesión tendremos. Con el tiempo aprendemos a medirnos por los títulos, los bienes materiales, los cargos o los resultados alcanzados. Casi nadie nos enseña a preguntarnos quiénes somos más allá de todo eso.

El tener es necesario. Nadie puede negar la importancia de una vivienda digna, de la estabilidad económica o de la tranquilidad que brinda satisfacer las necesidades básicas. El problema comienza cuando las posesiones dejan de ser herramientas y se convierten en la medida de nuestro valor personal.

Con los años he escuchado historias que confirman esta realidad. He conversado con personas que lograron construir patrimonio, levantar empresas y alcanzar reconocimiento social. Sin embargo, en la intimidad de una charla sincera, muchas terminaban hablando menos de lo que habían acumulado y más de aquello que sentían que les hacía falta. Descubrían que las cosas materiales podían ofrecer comodidad, pero no necesariamente plenitud.

Nadie encuentra su identidad en una cuenta bancaria. Algo parecido ocurre con el hacer.

Vivimos en una época donde estar ocupado parece haberse convertido en una virtud. Corremos de una tarea a otra, de una reunión a otra, de una meta a otra. Producimos, competimos y nos exigimos constantemente. A veces llegamos a creer que nuestro valor depende de nuestra productividad.

Como psicólogo, he observado que muchas crisis personales aparecen precisamente cuando una persona alcanza aquello que perseguía. Después de años de esfuerzo logra la meta soñada y descubre que la satisfacción dura menos de lo esperado. Entonces comprende que había confundido una meta con un propósito.

Porque el hacer, por sí solo, no basta. Una vida llena de actividades puede estar vacía de significado. Es allí donde aparece la dimensión del ser.

El ser tiene que ver con la autenticidad, los valores, la conciencia y la capacidad de vivir de acuerdo con aquello que consideramos importante. Es la parte de nosotros que permanece cuando cambian las circunstancias externas. Es lo que queda cuando desaparecen los aplausos, los cargos y las posesiones.

No siempre es fácil cultivar esa dimensión. Requiere detenerse en una cultura obsesionada con la velocidad. Requiere silencio en medio del ruido. Requiere preguntarse no solamente qué quiero lograr, sino también en qué clase de persona quiero convertirme.

En los pueblos de La Guajira todavía es posible encontrar ejemplos sencillos de esta verdad. He visto hombres sentados en una banca del parque recordando sus años de juventud. Algunos tuvieron fortuna económica y otros no. Pero cuando hablan de aquello que realmente les produce orgullo, rara vez mencionan el dinero. Hablan de los hijos que ayudaron a formar, de la palabra que supieron cumplir, de los amigos que conservaron durante décadas y de las veces que pudieron ayudar a alguien cuando más lo necesitaba.

Tal vez porque, al final, el ser pesa más que el tener. 

La búsqueda de sentido también nos conduce a otra palabra fundamental: propósito.

Cada ser humano necesita sentir que su vida avanza en alguna dirección. El propósito no siempre aparece como una revelación extraordinaria. Muchas veces se va descubriendo lentamente, entre experiencias, errores, aprendizajes y encuentros con los demás.

He conocido personas sencillas, sin grandes riquezas ni reconocimientos públicos, que irradiaban una serenidad difícil de encontrar. No porque la vida hubiera sido fácil para ellas, sino porque sabían para qué vivían. Habían encontrado una razón para levantarse cada mañana y una manera de poner sus capacidades al servicio de algo más grande que ellas mismas.

Y allí aparece otra verdad profundamente humana: nadie vino al mundo solamente para sí mismo.

Todos necesitamos sentir que nuestra existencia aporta algo a los demás. El servicio no siempre adopta formas heroicas. A veces consiste en educar a un hijo, acompañar a un familiar, escuchar a un amigo, enseñar un oficio o brindar una palabra de aliento a quien atraviesa una dificultad.

Son acciones sencillas que rara vez aparecen en los reconocimientos públicos, pero que transforman silenciosamente la vida de las personas.

Con el paso de los años he llegado a una conclusión que no aprendí en los libros, sino observando la experiencia humana. Las personas suelen sentirse más orgullosas del bien que hicieron que de los bienes que acumularon. Hablan con más emoción de los afectos que cultivaron que de las propiedades que poseyeron. Las escrituras cambian de dueño; las huellas humanas permanecen mucho más tiempo.

Por eso pienso que el verdadero equilibrio consiste en poner cada cosa en su lugar.

Tener es necesario. Hacer también. Pero ambos deben estar al servicio del ser.

Cuando el tener ocupa el centro de la vida, aparece la insatisfacción permanente. Cuando el hacer ocupa todo el espacio, aparece el agotamiento. Cuando el ser ocupa el lugar que le corresponde, el hacer encuentra dirección y el tener encuentra límites.

Al final, la existencia no se mide únicamente por lo que acumulamos ni por la cantidad de cosas que realizamos. Se mide por la calidad de la persona que llegamos a ser, por el sentido que dimos a nuestra vida y por la huella que dejamos en quienes caminaron a nuestro lado.

Porque vinimos a este mundo a algo más que producir y consumir. Vinimos a descubrir quiénes somos, a desarrollar nuestros talentos, a servir, a encontrar un propósito y a dejar, aunque sea modestamente, una huella de humanidad en la vida de los demás.

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