Por Isaías Celedón Cotes
Psicólogo y Escritor
“Nadie es más esclavo que aquel que se cree libre sin serlo.”Goethe
Hace algunos años, durante una conversación que parecía una más entre tantas, escuché una frase que no he logrado olvidar. La dijo una persona que acababa de alcanzar aquello que durante décadas había considerado su mayor objetivo. Tenía estabilidad económica, reconocimiento profesional y una vida que muchos habrían definido como exitosa. Sin embargo, en lugar de satisfacción, transmitía desconcierto. Después de un largo silencio dijo algo tan simple como inquietante: “Pensé que cuando llegara aquí me sentiría completo”.
Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo. No por lo que revelaba sobre esa persona, sino por lo que sugería sobre muchos de nosotros. ¿Cuántas veces perseguimos metas sin detenernos a preguntarnos de dónde nacieron? ¿Cuántas veces confundimos nuestros deseos con expectativas heredadas de la familia, la cultura o el entorno? ¿Cuántas veces avanzamos con determinación sin preguntarnos hacia dónde vamos realmente?
La sumisión psicológica comienza precisamente ahí: en el momento en que dejamos de formularnos esas preguntas. A diferencia de otras formas de sometimiento, esta no necesita imposiciones visibles. Su fuerza reside en algo mucho más discreto: la costumbre. Se instala cuando aceptamos ideas sin examinarlas, repetimos opiniones sin reflexionarlas y convertimos hábitos heredados en verdades personales.
La mayoría de las personas no vive bajo imposición. Vive bajo influencia. Y el problema de la influencia es que, cuando se vuelve costumbre, deja de parecer influencia.
Desde muy temprano aprendemos qué comportamientos son premiados, qué opiniones son aceptadas y qué aspiraciones reciben reconocimiento. Poco a poco esas referencias se incorporan a nuestra forma de ver el mundo. El resultado es que podemos pasar años defendiendo creencias, persiguiendo objetivos o sosteniendo estilos de vida que nunca hemos sometido a una revisión honesta.
No escribo esto desde una posición de superioridad. También he perseguido metas que parecían importantes simplemente porque eran admiradas. También he confundido movimiento con dirección. También he descubierto, a veces demasiado tarde, que ciertas certezas que consideraba propias eran apenas ecos de voces que había escuchado durante años.




