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La esperanza también se aprende

Por:Isaías Celedón Cotes 

Psicólogo y Escritor 

“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, elegir su actitud en cualquier conjunto de circunstancias.” Frankl

Hace algún tiempo, al terminar una conferencia, un hombre se acercó para saludarme. Después de estrecharme la mano permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Finalmente me dijo:

—Profesor, siento que ya no tengo fuerzas para seguir.

Esa frase, aunque fue pronunciada por una sola persona, representa el sentimiento de muchas otras que en algún momento de la vida han sentido que sus fuerzas llegan al límite. No siempre es fácil reconocer el cansancio del alma. Hay dolores que no se ven, batallas que nadie conoce y preocupaciones que se llevan en silencio mientras, por fuera, se intenta aparentar que todo está bien.

No era la primera vez que escuchaba una frase como esa. A lo largo de mi vida profesional muchas personas me han confiado sus angustias. Unas llegaban golpeadas por una enfermedad; otras, por la pérdida de un ser querido, por un fracaso económico, por una decepción afectiva o por la sensación de que sus sueños se habían quedado a mitad del camino.

Aunque las historias eran diferentes, muchas tenían algo en común: habían empezado a perder la esperanza.

Mientras conversaba con aquel hombre comprendí, una vez más, que las personas no siempre se derrumban por la magnitud de sus problemas. Con frecuencia se derrumban porque dejan de creer que esos problemas tienen salida. Cuando la esperanza desaparece, incluso una dificultad pasajera puede parecer una montaña imposible de escalar.

La esperanza, entonces, no es simplemente esperar que algo bueno ocurra. Es una fuerza interior que nos permite continuar cuando todavía no tenemos todas las respuestas. Es esa pequeña luz que permanece encendida en medio de la incertidumbre y que nos recuerda que ninguna noche, por larga que parezca, es eterna.

Desde la psicología existencial hemos aprendido que el ser humano no siempre puede escoger las circunstancias que le corresponden vivir, pero sí conserva la libertad de decidir la actitud con la que las enfrenta. Esa capacidad de elección interior es una de las mayores expresiones de nuestra dignidad como personas.

No podemos evitar todas las pérdidas, los cambios, las decepciones o los momentos difíciles. La vida no promete ausencia de dolor. Pero sí nos ofrece la posibilidad de encontrar un significado en medio de esas experiencias y descubrir que, incluso en las situaciones más adversas, todavía existe algo que depende de nosotros.

A lo largo de los años he conocido personas que lo perdieron casi todo y, aun así, fueron capaces de comenzar de nuevo. Hombres y mujeres que después de una caída encontraron fuerzas para levantarse, reconstruir sus vidas y descubrir una versión más madura de sí mismos.

También he visto personas que, teniéndolo todo aparentemente resuelto, perdieron la motivación porque dejaron de encontrarle sentido a su existencia. Eso me confirmó que la verdadera riqueza del ser humano no está únicamente en lo que posee, sino en las razones profundas que tiene para seguir adelante.

La batalla más importante muchas veces no ocurre en el mundo exterior. Se libra dentro de nosotros mismos. Es una lucha silenciosa entre la desesperanza y la confianza, entre la resignación y la voluntad de continuar.

Con los años he comprendido que la vida no reparte las oportunidades al mismo tiempo para todos. He visto personas que alcanzaron sus mayores éxitos cuando eran muy jóvenes y otras que encontraron el verdadero sentido de su existencia después de los cincuenta, los sesenta o incluso más tarde.

Por eso dejé de creer en las carreras contra el tiempo. Cada ser humano tiene su propio proceso. Hay semillas que germinan rápidamente y otras que necesitan permanecer mucho tiempo bajo tierra antes de mostrar sus primeros frutos. Lo mismo ocurre con las personas: algunas descubren su propósito temprano; otras lo encuentran después de haber recorrido caminos difíciles.

El problema aparece cuando comparamos nuestra historia con la historia de otros. Esa comparación suele robarnos la tranquilidad y hacernos sentir atrasados en una carrera que realmente nunca existió. La vida no es una competencia; es un camino personal donde cada experiencia tiene un significado.

También he aprendido que el tiempo posee una sabiduría que muchas veces no comprendemos mientras estamos atravesando la dificultad. Lo que hoy interpretamos como una derrota, mañana puede convertirse en una enseñanza que transformó nuestra vida.

Algunas puertas que se cerraron evitaron caminos equivocados. Algunas pérdidas nos hicieron valorar lo que antes dábamos por sentado. Algunas dificultades despertaron capacidades que jamás habríamos descubierto en medio de la comodidad.

No pretendo decir que el sufrimiento sea bueno. El dolor duele, las pérdidas dejan cicatrices y hay momentos en los que encontrar una explicación parece imposible. Sería injusto minimizar las heridas humanas con frases fáciles.

Pero también es cierto que quedarse a vivir permanentemente en el dolor termina quitándonos la posibilidad de descubrir nuevas etapas de nuestra existencia. La vida, incluso después de los momentos más difíciles, sigue llamándonos.

Por eso siento una profunda admiración por esas personas que luchan en silencio. Por quienes madrugan cada día para sostener a su familia, por quienes vuelven a empezar después de un fracaso, por quienes enfrentan una enfermedad sin perder la dignidad y por quienes, aunque tienen razones para rendirse, encuentran una razón más fuerte para continuar.

Ellos rara vez aparecen en las noticias, pero representan una de las formas más auténticas de valentía humana.

La vida me ha repetido una lección que ya no me atrevo a poner en duda: casi siempre creemos que nuestros mejores días quedaron atrás, hasta que un nuevo amanecer nos demuestra que todavía quedaban capítulos por escribir.

Yo mismo he tenido que comenzar de nuevo más de una vez. Y cada nuevo comienzo me ha dejado la misma enseñanza: el ser humano es mucho más fuerte de lo que imagina. A veces basta una palabra de aliento, una mano amiga o una razón para seguir viviendo para descubrir que aún quedan fuerzas donde creíamos que solo existía el cansancio.

Si hoy alguien me preguntara cuál es la mayor fortaleza de una persona, no respondería que es la inteligencia, el dinero o el talento. Diría, sin dudarlo, que es la capacidad de conservar la esperanza cuando las circunstancias invitan a perderla.

Porque la esperanza también se aprende. Se aprende en los momentos difíciles, en las caídas que nos obligan a levantarnos, en las pérdidas que nos enseñan a valorar y en cada experiencia que nos recuerda que la vida, mientras exista, siempre puede ofrecernos una nueva oportunidad.

Con los años también he comprendido que las victorias más importantes no siempre son las que reciben aplausos. Las más valiosas ocurren en silencio, cuando vencemos el desánimo, recuperamos la confianza y encontramos el valor para empezar otra vez.

Porque, al final, la vida no nos pregunta cuántas veces caímos. Nos pregunta cuántas veces tuvimos el coraje de levantarnos.

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