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La IA podrá simular el talento, pero jamás matará la inspiración

Por Isaías Celedón Cotes 

Psicólogo y Escritor 

“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.”Pablo Picasso

Últimamente todos andan de luto, decretando a los cuatro vientos que la inteligencia artificial mató la inspiración. 

Hay gente persignándose en los rincones, convencida de que estamos asistiendo al velorio del talento humano. Pero pensar que el arte iba a salir ileso de una ola tecnológica que ya volteó patas arriba la medicina, la ingeniería o la contabilidad no es defender la cultura; es taparse los ojos. La verdadera pregunta nunca ha sido si vamos a usar estas herramientas, sino con qué propósito las tomamos en las manos.

Cuando uno deja a un lado la nostalgia de esquina y se sienta a revisar de verdad las canciones y versos grabados a lo largo de las décadas, se encuentra con una sorpresa reveladora: la rima nunca se movió. La métrica de la música tradicional es casi exactamente la misma desde los años sesenta hasta hoy. Es mentira que antes se rimaba con una pureza celestial y que los tiempos modernos lo degradaron todo. La técnica siempre estuvo ahí, estable y firme, como las bases de una casa bien construida.

Y eso nos deja frente a una verdad que pica, pero libera: esa famosa «perfección» que hoy tiene a tantos alarmados no es más que un molde. Y los moldes los llena cualquier procesador en cuestión de segundos. Hoy un algoritmo te arma un paseo impecable, una décima matemática, una poesía simétrica o una crónica sin una sola coma fuera de lugar. Esa facilidad desencadenó un fenómeno curioso. 

De la noche a la mañana, aparecieron miles de poetas, cronistas y compositores que en su vida habían sudado una página frente a una hoja en blanco. Las editoriales, las revistas y los medios digitales están inundados de escritos inmaculados. A simple vista, desde lo cuantitativo, pareciera que la mediocridad desapareció del mapa: ya nadie redacta feo, nadie rima chueco y los textos abundan por montones. Pero al leerlos en el plano cualitativo, se siente el vacío. No mueven un solo pelo porque son, en el fondo, puros cascarones bien pintados.

Ahí está la gran enseñanza de este tiempo. La tecnología no vino a matar la musa, vino a quitarle el disfraz a la técnica. Hizo tan fácil la simulación que dejó al descubierto a los que crean por fórmula, y le triplicó el valor a lo único que ningún código puede procesar: haber vivido lo que se cuenta.

Ningún algoritmo sabe lo que es pararse frente a una ventana a las dos de la mañana, tragando saliva por el frío, con las manos temblorosas y el corazón en la garganta, rogando que se abra la ventana antes de que termine la última nota de la serenata. Una máquina no entiende la astucia ni la gracia de soltar un chiste en el milisegundo exacto para que una mesa entera estalle en carcajadas. 

No conoce la chispa pedagógica con la que un viejo maestro le enseña a un muchacho a sacarle el primer lamento a un instrumento, ni la sabrosura ruidosa de una parranda donde el tiempo se vuelve de goma entre el calor, los tragos, los abrazos y los versos improvisados al vuelo. Tampoco sabe lo que es sentarse en un taburete en el bordillo de la terraza a echar un cuento viendo morir la tarde.

A quienes hoy usan la pantalla para simular los dolores, las alegrías y las pasiones que no llevan por dentro, los espera un juez insobornable. Cuando se apaga el monitor, se silencia el teclado y la cabeza toca la almohada, aparece la verdadera conciencia. La almohada no traga entero; ella sabe perfectamente quién trasnochó masticando su propia verdad para escribirla y quién solo le dio una orden a un programa para salir del paso. El intelecto artificial, la destreza técnica y la simetría de una estrofa los calcula cualquier programa. 

Pero la risa espontánea, el duelo, la nostalgia del pueblo, la enseñanza con cariño y el fuego innegable de haber vivido lo que se canta siguen siendo, por suerte, un lujo exclusivamente nuestro.

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