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Una tumba merece respeto

 

Hay lugares donde una ciudad guarda mucho más que recuerdos. El cementerio Jardines del Ecce Homo es uno de ellos.

Allí reposan algunos de los nombres más importantes de la música vallenata. Las tumbas de Diomedes Díaz, Martín Elías, Kaleth Morales, Rafael Escalona, Colacho Mendoza y Omar Geles reciben visitantes que llegan movidos por la admiración, la nostalgia o simplemente por el deseo de conocer el lugar donde descansan quienes hicieron parte de la historia musical de Valledupar.

 

Pero el Ecce Homo no pertenece únicamente a los famosos.

En sus jardines también están los padres, madres, hijos, hermanos y amigos de cientos de familias que llegan sin cámaras, sin turistas y sin ningún interés distinto al de encontrarse, aunque sea por unos minutos, con la memoria de alguien que amaron.

 

Y esa diferencia debería obligarnos a mirar con mayor atención lo que ocurre allí.

Cuando una familia denuncia que una fotografía se deteriora por el sol, que los adornos aparecen quebrados o que la limpieza de una tumba no corresponde a lo que esperaba, no estamos hablando simplemente de flores, floreros o elementos decorativos. Estamos hablando de la manera en que una familia conserva el vínculo con quién murió.

Por supuesto, hay responsabilidades individuales. Cada familia decide qué coloca sobre una tumba y puede contratar servicios particulares para su cuidado. También existen labores de mantenimiento general, jardinería, riego, vigilancia y conservación de las áreas comunes que corresponden a quienes administran o prestan servicios en el camposanto.

 

Precisamente por eso resulta necesario que las reglas sean claras.

Quien paga por el mantenimiento de una tumba debe saber exactamente qué está pagando. Debe conocer qué incluye el servicio, qué no incluye, quién responde por los daños, a quién debe acudir ante una reclamación y cuáles son las obligaciones de cada una de las partes.

No debería existir una zona gris en asuntos que, aunque puedan parecer pequeños desde una perspectiva administrativa, tienen un enorme significado para las familias.

También es necesario reconocer que un cementerio está expuesto al paso del tiempo, al clima y al uso cotidiano. El sol deteriora fotografías y materiales. La humedad afecta algunos elementos. Las plantas requieren atención. Los objetos pueden desprenderse. Y un lugar que recibe visitantes constantemente necesita medidas especiales de conservación.

 

Pero precisamente por eso el mantenimiento no puede reducirse a esperar que una familia reclame cuando algo ya está deteriorado.

El Ecce Homo tiene, además, una responsabilidad que trasciende a sus usuarios. Es parte de la memoria de Valledupar. Sus artistas sepultados lo han convertido en un lugar de interés para quienes llegan a la ciudad buscando conocer la historia del vallenato. Esa condición demanda cuidado, organización y una visión que permita conciliar el turismo con el respeto por quienes allí descansan.

No puede ocurrir que una tumba sea cuidada porque recibe cientos de fotografías mientras otra, que no despierta ningún interés turístico, quede relegada al olvido.

 

Todas merecen dignidad.

 

Y hay una pregunta que vale la pena hacer: ¿qué imagen está proyectando Valledupar cuando un visitante llega atraído por la historia de sus grandes artistas y encuentra un espacio que presenta señales de abandono o deterioro?

Cuidar el Ecce Homo no significa impedir que el tiempo deje sus huellas. Significa garantizar que esas huellas no sean producto de la falta de atención, de responsabilidades confusas o de una ausencia de coordinación entre quienes administran, quienes prestan los servicios y quienes tienen a su cargo las tumbas.

Por eso esta no debería ser una discusión para buscar culpables. Debería ser una oportunidad para revisar procedimientos, establecer responsabilidades y escuchar a las familias.

Porque detrás de cada lápida hay una historia.

Algunas tienen canciones, monumentos, flores y visitantes. Otras solamente tienen una fotografía pequeña y una familia que llega cada semana a limpiar, conversar en silencio o dejar una flor.

Para quien observa desde afuera, ambas pueden parecer simplemente tumbas.

Para una familia, ninguna lo es.

El Ecce Homo debe ser un lugar de memoria, pero también de respeto. Y ese respeto no puede depender de la fama del nombre escrito sobre el mármol.

Una ciudad que se precia de proteger su cultura y su memoria también debe cuidar los lugares donde esa memoria permanece.

Porque una tumba no tiene que ser famosa para merecer dignidad.

 

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