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La mesa y el disfrute

Tomada de El Heraldo

 

Por Alberto Linero

Sonreí con las ganas de siempre, y es que esa anécdota que he escuchado muchas veces, tiene el poder de sacarme de las lógicas habituales y me muestra lo ridículo como fuente de disfrute. Al terminar la cena y volver a casa, agradecí por la posibilidad de poder sentarme a la mesa con amigos para hablar de temas que sólo nos interesan a nosotros. Hoy esto es extraño porque las mesas están perdiendo sus dinámicas de encuentros para volverse terrenos de espacio laboral o una ocasión para seguir pegados a las pantallas.

He estado en comidas donde sólo hablan de trabajo, de cifras, de resultados o en las que peor aún, nadie habla, sino que están concentrados en responder un mail, chatear o revisar informes. Casi siempre termino yéndome de esas mesas con la seguridad de que el trabajo está usurpando lugares que le pertenecen a lo lúdico, a lo familiar, a lo festivo.

Ando en una campaña de no sentarme a la mesa con nadie que no pueda liberarse del celular o que tenga esas dinámicas de los workaholic, que no permiten espacios para simplemente estar.

La salud mental exige conectar con intereses distintos a los que se miden cuantitativamente, hay que desconectarse y liberarse de esas presiones que tienen un objetivo en la vida, pero no pueden ser totalitarias y absolutas. Fuera de ese mundo intenso del trabajo hay conversaciones que no informan, ni reducen la incertidumbre, pero nos conectan emocionalmente con nosotros mismos y con los demás. 

Por eso no importa que en la mesa entre amigos se vuelva a contar lo que ya se había contado o que no se entienda mucho lo que se diga, lo importante es que esos espacios sean puentes de risas compartidas. Son emociones, experiencias vividas en conjunto que sanan heridas y reconstruyen la conexión para que los vínculos se fortalezcan.

Hoy más que nunca necesitamos espacios en los que podamos construir sueños imposibles que nos permitan gozar la creatividad y la libertad, lograr conversaciones que llenen de ilusión nuestra vida. Estoy seguro de que sólo quien tiene estos espacios puede producir desde la salud y con mucho éxito productivo. Los que no se abren a tener momentos para conectar más allá del trabajo y las ansias de producir, viven intranquilos sin la posibilidad de disfrutar plenamente su cotidianidad.

Las buenas anécdotas, el sabor de la comida, lo sencillo del amor, los chismes y los intereses deportivos son temas que nos generan contactos profundos y nos permiten generar sentido. Tengamos más cenas para reír y menos cenas con pantallas y cifras de producción. Hay vida más allá del simple hacer y hacer.

 

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