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Apagar incendios con más gasolina

Por: CRISTIAN JULIÁN DÍAZ ÁLVAREZ

Es paradójico, pero nuestros esfuerzos por enfriar ciudades como Valledupar, Barranquilla, Cartagena, Sincelejo, Montería solo aumentan la temperatura de los cascos urbanos. Para explicar cómo sucede esto, comparto este sencillo ejercicio mental que muestra lo que sucede día a día cuando queremos disminuir la temperatura de nuestros hogares, oficinas y colegios:

Supongamos que la temperatura ambiente son 35°C y prendemos el aire acondicionado para que la temperatura de un espacio confinado sea de 20°C. No olvidemos lo que siempre se repetía en clases de física: “La energía no se crea ni se destruye”. Siendo que el calor es una forma de energía, este no desaparece, tiene que parar a algún lado: el exterior. Este es el mismo fenómeno que ocurre en nuestras neveras y refrigeradores: el interior se enfría, pero a costa de que la parte trasera del equipo se caliente.

Claramente estos 15°C que dan a parar a la calle aumentan la temperatura del aire del ambiente urbano, llevándolo a una cifra teórica que puede oscilar entre los 45°C y 50°C en el punto de descarga del equipo de refrigeración. Es decir, para enfriar un recinto impajaritablemente calentamos nuestro entorno inmediato. Ahora, ¡imagínese cuántos equipos de aire acondicionado son utilizados diariamente en nuestras ciudades!

Por ejemplo, en Valledupar, al mediodía los más de veinticinco mil equipos arrojan aire caliente de +15°C a la atmósfera. Por eso, a veces la ciudad se vuelve invivible. Adicionalmente, forzamos el aire acondicionado para que enfríe más, ya que no aguantamos el calor. Así, el ciclo vuelve y empieza; pero ahora con un mayor diferencial de temperatura: 45°C – 16°C = 29 °C. El resultado: ¡Más calor para la ciudad!

Este aumento de calor solo se suma al que surge de la energía residual que emite cada equipo y lo que se conoce como una “isla de calor”. Este fenómeno urbano se explica porque, en promedio, la temperatura en cascos urbanos es dos grados centígrados más alta que la de las zonas rurales.

Si se tiene en cuenta la cantidad de energía que consume una ciudad con el uso de miles de sistemas de aire acondicionado, está claro que estamos intentando ‘apagar un incendio con gasolina’. Nuestro afán por enfriar nuestros espacios va en contra de su propósito inicial. Estas sumas y restas ratifican el sentir del habitante urbano de vieja data: que cree, que en lo que respecta a la frescura del ambiente, todo tiempo pasado sí fue mejor.

Si queremos mitigar estas ‘islas de calor’ y aprovechar para reducir el consumo de energía en nuestras ciudades la solución está en la naturaleza. Cuerpos de agua, árboles y techos verdes son refrigerantes naturales que pueden ayudar en esta tarea. De hecho, lo ideal es acudir a la arquitectura bioclimática para reducir el consumo de energía a la vez que se evita el uso de aires acondicionados. Este cambio cultural y de mentalidad es necesario si queremos que, en nuestra batalla contra cambio climático, que día a día generarán días más cálidos, nuestro deseo por vivir plácidamente no sea nuestro primer enemigo.

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