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DON DINERO

Por Alberto Linero.

Hemos creído que, a mayor crecimiento económico, más felices somos.

Estamos convencidos de que, a mayores ingresos, mayores experiencias de felicidad. De alguna manera, absolutizamos la economía como la fuente de plenitud, creyendo que de verdad todos los “ricos” son felices.

Sospecho que esa opción nos ha provocado un efecto contrario, porque ha causado una búsqueda desaforada por tener dinero, y esa demanda ha reventado todos los diques éticos y morales, ha generado una dinámica de pobreza en la que, para que algunos sean más ricos, otros tienen que ser cada vez más pobres, y claro, se ha concentrado el sentido de la vida en el consumismo.

No se puede ser feliz si se desprecia lo que aparentemente no entra en las estadísticas, pero sazona la vida. Mi abuela con su “hablaocaribe” siempre me decía: ¿De qué sirve tener todo el dinero del mundo, si no tienes salud? ¿De qué sirve estar en la lista de los más ricos, si estás solo y nadie te ama realmente? ¿De qué sirve tener las cuentas bancarias llenas, si todos reconocen tu precio, pero no tu valor?

Michael Rustin demuestra en su texto ¿What is wrong withhappiness? que “las mejoras en el nivel de vida de naciones como Estados Unidos o Gran Bretaña, no van asociadas a mejora alguna –más bien un poco a la inversa– en el bienestar subjetivo” y Zygmunt Bauman dijo que “la estrategia de hacer feliz a la gente elevando sus ingresos, no parece que funcione”. Esto es, el crecimiento del PIB, no garantiza felicidad.

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En marzo de 1968, Robert Kennedy dijo en uno de sus discursos: “…el PIB no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación, ni el grado de diversión de nuestros juegos. No mide la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la calidad de nuestros debates políticos, ni la integridad de nuestros representantes. No toma en consideración nuestro valor, sabiduría o cultura. Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro país. En una palabra: el PIB lo mide todo, excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida”.

Ahora, nadie niega que todos necesitamos las mejores condiciones económicas posibles para vivir dignamente y que tenemos que luchar para que todos las tengan, pero lo que también está claro, es que con ellas no basta para ser felices. No se trata de idolatrar la pobreza, al contrario, hay que generar la infraestructura y las condiciones de equidad que no permitan que exista. Se trata de entender que la felicidad implica más dimensiones que la económica, se trata de entender que no tiene sentido que las cifras estén bien, cuando los seres humanos están mal.

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Hay que trabajar disciplinada, inteligente y constantemente por tener las mejores condiciones económicas, pero hay que sacar tiempo para leer un poema, para cortar una flor y llevársela a la persona que se ama, jugar un rato con los hijos, hacer ejercicio, comer bien, encontrarse con amigos con el simple objetivo de compartir con ellos la vida, así sea hablando «ná»; ser agradecidos y generosos con aquellos que están cerca y nos ayudan en nuestra vida diaria.

Es el momento de enseñarle a los hijos que no todo es el dinero y que solo seremos felices si ayudamos a otros a serlo. Necesitamos volver a esas experiencias en las que éramos capaces de creer que hay cosas que no tienen precio, porque su valor es infinito. Tomado de El Heraldo.com

 

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