publicidad

publicidad

Evocación de una mujer inolvidable

Pocos días después de la muerte de Consuelo Araújo encontré en mi escritorio una tarjeta de agradecimiento, firmada en Valledupar por los familiares de mi comadre, y por ella me enteré de los detalles de su vida que yo ni sospechaba.

El primero es que se llamaba Consuelo Inés. Jamás me lo hubiera imaginado, y si alguien me hubiera pedido alguna vez que yo tratara de adivinar su segundo nombre, me habría inclinado primero por Consuelo de la Concepción, que es como se llaman las herederas vallenatas de la señora Loperena de los tiempos de Bolívar, una mujer admirable que tenía el mismo carácter indómito de Consuelo.

Si me hubieran concedido una segunda oportunidad para resolver la adivinanza, yo habría dicho que se llamaba Consuelo de los Remedios, que es el nombre de la mitad de las mujeres, de La Guajira hacia abajo, en esas tierras de prodigio que rinden devoción a su santa patrona, Nuestra Señora de los Remedios de la Ciudad de Río de la Hacha, la capital de la península que en el mapa parece cabeza de Colombia.

De allí, de la familia de sus antepasados, fue de donde sacó García Márquez toda esa interminable procesión de Remedios que desfilan por los rincones de sus novelas. Una de ellas, no hay que olvidarlo nunca, salió volando un día, directamente al cielo, entre el viento fresco de las cuatro de la tarde, que batía las sábanas puestas a secar en el patio de los Buendía.

La segunda sorpresa que me trae la tarjeta es que mi comadre ya tenía nietos. Quién lo creyera. Entonces no puedo evitar un ramalazo de tristeza, pienso en lo viejos que nos hemos vuelto, y pienso también que sus asesinos no sólo mataron a una mujer inigualable sino, además, a una abuela hogareña, pero no mansa ni domesticada.

Al contrario. Alguna vez escribí que Consuelo Araújo era una fuerza desatada de la naturaleza, como un huracán o un terremoto. Ahora que lo pienso bien, no es gratuito que Consuelo tuviera el mismo color cobrizo y bello que tienen todos los Araújo, atezados por las brisas bravas que bajan de la Sierra Nevada, y que tienen todos los Noguera que crecen a la orilla del mar.

Su color de madera curada era advertencia sobre la fuerza de su temperamento. Tenía un vozarrón de mando militar. Jamás la oí hablar en voz baja, ni siquiera cuando contaba un secreto, y su carcajada era un canto a la vida, que sonaba como un reguero de vidrios sobre el piso. La risa de Consuelo tenía el mismo sabor de una ensalada de frutas.

Esa manera de ser, franca y maciza, y ese color almibarado que le venía de las travesuras que armaron los conquistadores españoles con las princesas indias entre los matorrales de Atánquez y de La Jagua, pero sobre todo ese carácter de cemento armado, sin pliegues y sin recodos, hicieron que Don Gabriel Cano, periodista de los verdaderos, que fue maestro de ella y mío en El Espectador, le pusiera el apodo más apropiado del mundo: “La Cacica”. El sobrenombre se hizo célebre en todo el país, y con él la reconocieron los colombianos, la admiraron en su titánica tarea de guardiana de las tradiciones vallenatas y la lloraron con el corazón el día de su muerte.

De manera que mi comadre ya tenía nietos. Cómo ha pasado el tiempo, implacable y frenético, desde la tarde aquella en la que vi por primera vez. Yo era un muchacho flacuchento y miope que vivía al otro lado de los arrozales de San Bernardo de Viento. En las páginas de El Espectador leí una columna escrita por Marta Traba, la gran crítica de arte argentina, que años después habría de morir en la catástrofe de un avión en España. (La cantidad de muertos es muy grande. Más de los que le caben a uno en el corazón).

En aquel comentario Marta decía que le gustaban los vallenatos porque son lo más parecido que hay al tango de su tierra. Yo, que en ese momento me estaba tomando una cerveza helada en el “Club Guanipa”, el único salón de billares que había en el pueblo, sentí una llamarada de indignación que me subía de los pies a la cabeza.

Le mandé unos apuntes borrosos al periódico, diciendo a gritos, con el ardor propio de la adolescencia, que eso no era un desatino sino un agravio, porque en cada tango hay por lo menos tres homicidios, mientras que en el vallenato uno sólo se muere de amor.

Guillermo Cano (otro mártir, otro muerto del alma, otra vida cobrada, como la de Consuelo, por la locura humana), recibió mi carta. Siempre he sospechado que lo maravilló más el nombre del caserío que la calidad de mis garabatos, y los publicó con el título inolvidable de “Carta desde San Bernardo del Viento”.

A vuelta de correo –que en ese entonces era casi tan lerdo como ahora– recibí un sobre enviado desde Valledupar por la señora Consuelo Araújo, de la que yo nunca había oído hablar, y en su mensaje respaldaba el contenido de mi artículo, con el mismo entusiasmo estrepitoso que tuvo toda su vida, y me nombraba jurado de un Festival de la Leyenda Vallenata que ella estaba organizando.

A mí me dieron leche materna al arrullo de los cantos de Alejo Durán y las crónicas inmortales de Escalona fueron la mano que meció mi cuna. De modo que inmediatamente preparé una maleta y me fui para Valledupar.

Lo que sigue, y desde entonces han pasado más de treinta años, es la historia de una relación sin fracturas, alimentada amorosamente con los regaños que me pagaba una vez por semestre, hasta la madrugada aciaga de un domingo lluvioso en que me despertaron por teléfono para decirme que habían matado a Consuelo. Prefiero recordarla para siempre como la última vez que la vi, recortada su figura de cacica contra el mar de Cartagena, recogido el cabello en un moño de dama antigua, como debieron ser sus abuelas.

Consuelo enriqueció mi vida. La llenó de amigos que ya forman parte de mis querencias más entrañables. No voy a cometer ahora el despropósito de ponerme a examinar su obra formidable, la leyenda que nos dejó como legado ni los tres libros singulares que escribió. Ahí están los tres, como sus hijos, para que sepamos que Consuelo no morirá jamás: su lexicón del territorio vallenato, salpicado de vocablos y de gracia, de sabiduría y de décimas, de personajes y de historias; su biografía de Escalona, a quien ella conoció mejor que nadie, y a quien yo no podré perdonarle nunca el medio vaso de whisky caliente con que me despertó a las tres de la mañana aquel día de génesis en que llegué a Valledupar, y su obra maestra, Vallenatología, un auténtico clásico colombiano, del cual se han colgado, buenamente o malamente, los que después de ella se pusieron a escribir sobre el tema.

El Ministerio de Cultura, al que Consuelo enalteció con su talante y con su personalidad, ha tenido la idea afortunada de reeditarlos. Creo que sus nuevos lectores van a sentir ahora, como lo sentí yo aquella tarde en que la vi por primera vez, en la plaza de Valledupar, enroscando una bombilla en la tarima del Festival, la misma sensación de hallazgo que yo tuve. Y de descubrimiento. Comprendí, de un solo golpe, bajo la sombra fresca del palo de mango, que acababa de conocer a un ejemplar único en su especie. Porque Consuelo es irrepetible. A ella, como le dicen los campesinos de mi tierra, la parieron y después rompieron el molde.

Por: Juan Gossain

publicidad

publicidad