LOS PÁJAROS MATANDO A LAS ESCOPETAS

POR: CÉSAR AUGUSTO CELEDÓN

Resulta preocupante, y desde toda óptica entendible, la problemática que en la actualidad están atravesando y viviendo los compositores de la música vallenata. Decía el irreverente y contestatario cantautor Hernando Marín, que el compositor merece respeto. Este pronunciamiento, extrovertidamente contundente y determinante, ha caído en desuso o su práctica es inobjetablemente un sofisma de distracción, por cuanto la mayoría de los compositores de este género musical tienen que verse precisados a pedir una audiencia vaticana, para que el cantante – en el caso que nos ocupa – pueda recibirlo, y – lo más apremiante – tener en cuenta sus canciones. En el entendido que, en nuestros tiempos estigmatizados por el tráfico de influencias y otros menesteres dignos de resaltar, se suma a estas obstaculizaciones la de por sí angustiante estela de palaciegos asesores que olímpicamente maneja el intérprete vallenato, lo que hace que sea prácticamente imposible hablarle. Por cuanto generalmente viven enclaustrados en su torre de marfil, y el compositor tiene que “atravesar el Rubicón de las dificultades”, para pasar el filtro, es decir, primero hay que hablar con la honorable junta de asesores.

Manifestaba airadamente Cicerón: ¡Oh tiempos! ¡Oh costumbres! Pues en épocas pretéritas no muy lejanas el compositor era el centro de atención del intérprete; aquel llegaba y sacaba de su bolsillo o de su inseparable mochila, el casette, y lo entregaba al intérprete sin tanta tramitología y libre de tanta parafernalia. Tiempos buenos, vivía su primavera, era aplaudido y respetado. En nuestros tiempos, el compositor – en la mayoría de los casos – no se ve el cantante o intérprete y lo más humillante y discriminatorio es que quienes toman el CD, son los llamados asesores, es decir, las personas que se encargan de oír y seleccionar las canciones. Tenemos el caso atípico y desconcertante del reconocido compositor Ildefonso Ramírez, el de Rosa jardinera que le llevó un manojo de canciones (CD), aun consagrado intérprete de vallenatos y éste, graciosamente lo desconoció llamándolo por otro nombre, desconcierta y decepciona este absurdo trato; cabe preguntarnos si esto lo hacen con este aplaudido compositor, como será con las nuevas promociones de cantautores y compositores que deambulan como anhelantes fantasmas con sus obras musicales enmochiladas y en el peor de los casos petrificadas en viejos baúles en busca de una oportunidad para hacerse conocer…

Si estos asesores actuaran con ética y honestidad buscando el mérito en la calidad de las canciones y de esta misma forma los contenidos, admirando y respetando la trayectoria que ha conservado durante toda su existencia el aludido compositor, este posicionamiento y estas asesorías serían de mucha utilidad para la conservación, defensa y pureza de nuestra musicología vallenata. Por desgracia, debemos admitir que esta no es una novela rosa donde generalmente triunfa el exaltado amor, por encima de los maquiavelismos y los egoísmos luz bélicos. Repudiable tragicomedia, donde los privilegiados asesores se valen de su posición para pedirle dinero al compositor a cambio de hacerle llegar la obra musical al cantante o acordeonero para que la tenga en cuenta, y mediante sus influencias decirle – tras bambalinas – que la canción de don fulano sí es buena y merece ser seleccionada.

Otra perla es el caso de un compositor desconocido en los prominentes círculos de la farándula vallenata y que, por cuestiones ajenas a su voluntad, no había tenido la oportunidad de ser tocado por un nuevo rey MIDAS, de este género musical. En cierta ocasión y estando en una parranda le dijo a un consagrado compositor: “mira, tú que dices ser mi amigo, ¿por qué no me ayudas con ISRAEL, que está próximo a grabar?” El experimentado cantautor, en un tono provinciano y cariñosos, “le puso la mano en el hombre y le dijo: no creo, porque hasta yo estoy en vainas”.

Estas protuberantes anomalías e irregularidades son lamentablemente frecuentes y de dominio público, pero como no hay unión entre creativos de este género, aquí “sálvese quien pueda”, por cuanto son pocos los compositores que se atreven a hacer pública, estas amargas y desconcertantes experiencias. Hay que tomar valeriana para pasar la decepción, por cuanto en nuestro medio no existe un sindicato o un organismo suficientemente honesto y serio que procure velar y defender a estos artífices y baluartes de la aureolada versificación, frente a estos descabellados y lapidarios abusos. Entonces ¡que siga la fiesta! Existe un grupúsculo de buenos compositores, que han preferido optar por un descanso en términos diplomáticos, para no tener que decir declamatoriamente “yo me retiré y me cansé, de tantas sinvergüenzas, prefiero que mis obras sigan durmiendo el sueño de los justos”.

 


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