publicidad

publicidad

UNA REFLEXIÓN CON OCASIÓN DE LOS 75 AÑOS DEL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Por: Marce Urón Pinto

El principio de la dignidad humana que constituye el fin de las organizaciones estatales en Occidente, lamentablemente no ha ocupado ese lugar en parte del devenir de la historia de estos Estados, por cuanto fueron las tendencias políticas, los sentimientos personales, la ambición y otra serie de características que se profesan de la condición humana, las que en verdad demarcaron la forma en la cual se construyó parte de la historia del siglo XX. El ejercicio del poder absoluto centrado en un sujeto, la ambición desmedida, la estigmatización negativa del otro, la esclavitud y la anulación social, han sido tendencias y estrategias sobre las cuales la mayoría de las veces, los hombres del siglo pasado encontraron la fuente legítima para justificar sus actuaciones contra natura.

La realidad que se ha escrito en los renglones anteriores, tuvo su mayor expresión en el nacionalsocialismo alemán, reprochado por todos, desde todas las ópticas en tiempo presente, pero no fue así en su época, en donde estas posturas, tuvieron origen en la institución de la democracia, en el principio de legalidad, con el respaldo de las mayorías que ciegamente aceptaban lo que ocurría, manifestando su complacencia hasta el punto que solamente cuando fueron derrotados por las armas, el pueblo alemán despertó de la fiebre y la ceguera que el nacionalsocialismo le contagió.

 Adolf Hitler en uso del apoyo de las mayorías democráticas y en ejercicio de las instituciones legales propias de su época, doblegó los derechos propios de los miembros de la sociedad alemana, bajo la confluencia del imperio de las razones de Estado y la persecución de sus contradictores políticos, y posteriormente de los sectores sociales que consideraba como indeseables y sobre los cuales depositó las culpas, las miserias y las responsabilidades que la clase dominante en el nacionalsocialismo no podía justificar racionalmente.

Esta estrategia nace de la concepción casi profética con la que el nacionalsocialismo y especialmente Adolf Hitler se presenta ante la sociedad de su tiempo, induciendo a un pueblo ávido de gloria y que no encentraba la forma de superar las limitaciones que le aquejaban, la pobreza y el subdesarrollo en que los hundió la primera guerra mundial, más que en la visión mesiánica que vendió Hitler, quien posicionó el ideal que solo a través de su persona, se podría rescatar la grandeza que en tiempo pretérito consideraba era propia de su pueblo.

Las conductas realizadas al interior de los denominados campos de concentración, denotan aquel grado de inhumanidad, de incivilización que es capaz de alcanzar el hombre, cuando siente que su poder no tiene límites y que los demás solo existen para atender hasta sus más absurdos y degenerados caprichos. El no entender siquiera el porqué de su proceder, de su accionar, sino simplemente actuar bajo la ceguera de un tabú, en este caso relacionado con la superioridad racial, constituye en el devenir histórico, la muestra más reprochable, que solamente denota que esas posiciones extremas y sin sentido dentro de los sistemas constitucionales contemporáneas no pueden volver a presentarse por cuanto es la persona humana y su dignidad la única y primera fuente y deber de la organización pública, y toda afrenta a la mismas nunca podrá entenderse como una acción válida.

publicidad

publicidad