Por Isaías Celedón Cotes-Psicólogo-
Villanueva, tierra con nombre de canción y alma de poesía, ha despertado con el pecho herido por la partida de uno de sus juglares del alma. No se ha ido solo un hombre; se ha retirado una voz que sabía contar la historia de su pueblo como si la estuviera inventando con cada palabra. Ha muerto Juan Carlos “Cao” Mendoza Guerra, pero lo que realmente ha sucedido es que una parte del alma Villanuevera ha decidido guardar silencio por un instante.
Villanueva no lo despide: lo canta.
No lo entierra: lo recuerda.
No lo pierde: lo transforma en leyenda.
Desde la mirada de la psicología existencial, como la propuso Viktor Frankl o Søren Kierkegaard, Cao fue un hombre que no solo vivió: se ocupó de darle sentido a su existencia. No se conformó con ser un habitante del mundo; quiso ser su narrador. En él, el lenguaje fue herramienta de resistencia frente al sinsentido. En él, la risa, la tertulia y la anécdota se volvieron respuestas ante la angustia de la finitud.
Cao, el hombre que fundó la Parranda Blanca, no era solo un amante del folclor: era un filósofo del encuentro. Allí donde otros brindaban por costumbre, él brindaba por significado. Cofundador de Los Compadres, soñó con hacer del diálogo una forma de eternidad. Su última creación, «La Tertulia de Cao», no fue una invención tardía, sino la culminación de una vida dedicada a narrar, a reunir, a vincular. Como quien deja plantada una semilla en el centro de su pueblo, Cao construyó un espacio donde la palabra volvía a ser sagrada.
En este mundo donde la prisa borra las huellas y la tecnología silencia la voz del alma, Cao fue un acto de resistencia poética. Como diría Camus, se rebeló contra el absurdo con la única herramienta que tenía: el gozo lúcido de estar vivo. No se engañó con eternidades ilusorias, pero sí supo que la amistad, la risa compartida, la memoria contada, eran pequeñas eternidades tejidas a mano.
Su paso por la vida fue eso: una parranda profunda,
una conversación con la muerte hecha a carcajadas,
un brindis con Dios en voz baja.
Y hoy que Villanueva lo llora, no lo hace desde la tristeza vacía, sino desde el asombro existencial de haber conocido a un hombre que vivió de frente, sin máscaras, sin renuncias, con la lucidez alegre del que sabe que todo es fugaz y, aun así, canta.
Decía Rilke que «la muerte es el lado de la vida que no está vuelto hacia nosotros». Cao ya ha girado el rostro y ha visto ese lado oculto. Nosotros quedamos con la responsabilidad de no olvidar su manera de habitar el mundo: con poesía, con Afecto, con propósito.




