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Colombia adicta

 

Por Isaías Celedón Cotes 

Psicólogo y Escritor 

 

“El que peca y reza, empata”…Proverbio Ancestral 

En Colombia, hasta los vicios tienen buenos padrinos. El Estado les pone reglas, los vigila y, al mismo tiempo, recibe dinero de ellos. El licor y los juegos de suerte y azar producen rentas que contribuyen a financiar la salud y la educación. Una paradoja difícil de ignorar: parte del dinero destinado a cuidar la vida proviene de actividades que, cuando se convierten en adicción, pueden terminar deteriorándola.

La Constitución de 1991 contempla los monopolios rentísticos en su artículo 336. No significa que los constituyentes hayan querido promover las adicciones, pero sí deja una pregunta incómoda: ¿cómo conciliar los ingresos que producen ciertas actividades con los daños que pueden ocasionar?

Nuestros abuelos habrían resumido la contradicción en una frase: el que peca y reza, empata.

Pensemos en una familia que ve desaparecer parte del sueldo en el licor o en las apuestas. En una discusión que comienza con una copa y termina en insultos. En quien pierde jugando y regresa al día siguiente con la esperanza de recuperar lo perdido. Esas historias no aparecen en las cuentas de los recaudos, pero forman parte de la factura social.

No todos los que beben tienen problemas con el alcohol, ni comprar una lotería convierte a nadie en adicto. El asunto comienza cuando una persona pierde el control y continúa, aun sabiendo lo que está poniendo en riesgo.

 

¿En qué momento una costumbre empieza a gobernarnos?

En nuestras parrandas, el licor suele tener  un puesto asegurado. El que no bebe a veces tiene que explicar por qué; el que aguanta varias rondas puede terminar convertido en el más celebrado de la noche. Al día siguiente, cuando llegan el dolor de cabeza, las discusiones o el arrepentimiento, la fiesta se recuerda de otra manera.

En ciertos ambientes, beber se ha convertido en una prueba de hombría. Rechazar un trago parece una descortesía; retirarse temprano, una falta de entusiasmo. Sin que nadie lo ordene, la presión del grupo termina decidiendo por nosotros.

Hay quienes necesitan beber para hablar, bailar o sentirse menos tímidos. La botella parece prestarles una confianza que después desaparece. Y uno se pregunta por qué nos cuesta tanto disfrutar de una conversación o de la compañía de los amigos sin recurrir al exceso.

Nuestra relación con el alcohol tiene una historia larga y compleja, con raíces anteriores a la República e influencias diversas. No sería serio atribuirle a la colonización española el origen de todas nuestras dependencias. Lo que sí podemos cuestionar es la costumbre de celebrar el exceso sin detenernos a pensar en sus consecuencias.

Con los juegos de azar ocurre algo parecido. Al principio, la apuesta parece inocente. Después de perder, algunos vuelven para recuperar lo que se fue. Vuelven a perder y necesitan otra oportunidad. La esperanza, que tantas veces nos ayuda a seguir adelante, puede convertirse en una trampa. Lo preocupante no es que una persona se divierta, sino que llegue el día en que ya no pueda decidir cuándo parar.

 

¿Qué estamos intentando llenar?

Detrás de una adicción puede haber una historia que los demás desconocen: una pérdida, una frustración, una relación rota o una angustia que no se sabe cómo expresar.

No todas las adicciones nacen del vacío existencial. Intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales. Sin embargo, en algunas personas el consumo se convierte en una forma de escapar de una realidad dolorosa.

Como analista e investigador de la conducta humana, me interesa esa parte de la historia que no se ve desde afuera. La persona que trabaja, cumple con sus obligaciones y responde por su familia también puede regresar a casa con una tristeza que no sabe cómo explicar. Hay quienes encuentran alivio hablando con un amigo; otros no tienen a quién acudir y buscan una tregua en el alcohol, el juego o alguna sustancia.

El alivio puede durar poco. El problema aparece cuando la necesidad de repetirlo termina ocupando el lugar de otras formas de afrontar la vida.

A veces hablamos del vacío existencial como si fuera un concepto reservado para los libros. Pero también aparece en una casa donde nadie escucha a nadie, en una persona que ya no encuentra ilusión en lo que hace o en quien ha perdido la esperanza de que las cosas puedan cambiar.

Tener un propósito no nos vuelve inmunes al sufrimiento ni sustituye un tratamiento cuando hace falta. Pero los afectos, los proyectos y las razones para levantarnos cada mañana pueden ayudarnos a atravesar las dificultades.

Ese propósito no tiene que ser extraordinario. Puede estar en criar a un hijo, acompañar a un amigo, aprender algo nuevo, trabajar por una causa o recuperar una pasión olvidada. Lo importante es que la vida no quede reducida a buscar una satisfacción inmediata.

 

La tristeza, la agresión y la adicción

Viktor Frankl, creador de la logoterapia, dedicó su obra a la búsqueda del sentido de la vida. En ese marco se difundió la expresión tríada de la neurosis de masas, que reúne depresión, agresión y adicción.

No es una clasificación diagnóstica universal ni una fórmula que explique todos los problemas de salud mental. Son fenómenos diferentes, con múltiples causas, que no necesariamente aparecen juntos. Sin embargo, la expresión invita a pensar en una sociedad donde el sufrimiento puede tomar distintos caminos: algunas personas se hunden en la desesperanza, otras descargan su malestar sobre los demás y otras buscan anestesiarlo mediante el consumo.

La salud mental preocupa en Colombia y en el resto del mundo. Las dificultades económicas, la violencia, las pérdidas, la incertidumbre y el aislamiento pueden agravar el sufrimiento. También vivimos bajo la presión de mostrar que todo marcha bien.

Las redes sociales están llenas de fiestas, viajes, triunfos y sonrisas. Pero una fotografía no cuenta lo que sucede cuando termina la celebración. Podemos tener cientos de contactos y no encontrar a quién llamar en una noche difícil.

No todo sufrimiento se resuelve con voluntad o con frases motivadoras. La depresión requiere atención adecuada; las adicciones pueden necesitar tratamiento médico y psicológico; y la violencia exige respuestas que van más allá de pedir paciencia. Comprender estos problemas no significa justificar cualquier conducta, sino reconocer que nadie debería tener que afrontarlos sin ayuda.

Las cuentas que no aparecen en el presupuesto

Si los monopolios rentísticos generan recursos para financiar servicios esenciales, el Estado también debe responder con políticas firmes de prevención, atención y tratamiento. No basta con recibir el dinero: hay que proteger a la población de los riesgos asociados con esas actividades.

A los jóvenes debemos hablarles del alcohol, las drogas y las apuestas, pero también de la frustración, la presión de los amigos y la importancia de pedir ayuda. Las familias, por su parte, necesitan espacios de confianza donde reconocer un problema no sea motivo de vergüenza.

La responsabilidad individual importa, pero no podemos descargar todo el peso sobre quien ha perdido el control y desentendernos de las condiciones que rodean su vida.

Tampoco podemos ignorar la contradicción de un modelo que obtiene ingresos de actividades potencialmente dañinas y debe destinar recursos a atender parte de sus consecuencias. La discusión no consiste en prohibirlo todo ni en desconocer la importancia de esas rentas. Consiste en exigir coherencia, fortalecer la prevención y evitar que el interés económico pese más que la salud.

Colombia, ¿hasta cuándo?

No todos los colombianos tienen una adicción. Sería injusto afirmarlo. Pero Colombia adicta es una invitación a examinar ciertas costumbres que hemos aprendido a tolerar y contradicciones que preferimos dejar pasar.

No basta con señalar a quien bebe demasiado, pierde dinero en las apuestas o desarrolla una dependencia. Hay que preguntarse qué está ocurriendo, cómo prevenir el daño y dónde puede encontrar ayuda quien ya no logra salir adelante por sus propios medios.

Vuelvo a la frase de nuestros abuelos: el que peca y reza, empata. Pero la vida no siempre permite cuadrar las cuentas. El dinero perdido puede recuperarse; la confianza de una familia, a veces, tarda años en reconstruirse. El Estado lleva sus cuentas. Las familias llevan las suyas.

Y en medio de ambas quedan las personas, con sus alegrías, sus dolores y sus maneras de intentar sobrevivir. Quizás ha llegado la hora de preguntarnos no sólo cuánto producen nuestros vicios, sino también cuánto nos están costando.

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