En el corazón del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, una puya se abrió paso entre decenas de composiciones hasta quedarse con el primer lugar del concurso de Canción Vallenata Inédita. Se trata de “La huella del viento”, una obra que más allá de su estructura musical, se convirtió en un mensaje directo sobre la identidad, la evolución y la defensa del folclor
Su autor, Fabián Leonardo Dangond Rosado, de 44 años y oriundo de Villanueva, La Guajira, no solo es compositor, es ingeniero industrial de profesión, investigador de la música vallenata por más de 20 años y un estudioso del género que ha dedicado gran parte de su vida a escribir y a aprender de los grandes artistas. Actualmente, continúa su labor como compositor y es además creador de la llamada “Casa del Parrandero”, un espacio enfocado en preservar, compartir y fortalecer la tradición vallenata.
“La huella del viento” nace desde esa mirada profunda del folclor. En ella, el viento no solo simboliza el paso del tiempo, sino también los cambios que atraviesa la música vallenata. Sin embargo, su mensaje es claro, evolucionar no significa perder la esencia.
En conversación con La Calle, el compositor explicó que la canción relata el encuentro de los tres sonidos fundamentales del vallenato, la caja, la guacharaca y el acordeón. A partir de esa unión, aparece un cuarto sonido, nacido del viento, que se representa en la guitarra, como una metáfora de los nuevos elementos que se integran al género sin desplazar su base tradicional.
La canción deja ver esa postura en su última estrofa, donde plantea que todo puede transformarse, pero sin distorsionarse, sin perder lo que la hace auténtica. Es una mirada firme frente a los nuevos sonidos y tendencias que rodean al género, y al mismo tiempo, una invitación a no olvidar los caminos que han construido la historia del vallenato.
El triunfo llega en un contexto especial, esta edición del festival rindió homenaje a Rafael Orozco, Israel Romero y a Binomio de Oro de América, referentes de una época dorada que también marcó el equilibrio entre evolución y raíz, un concepto que conecta profundamente con la esencia de la obra ganadora.
Pero detrás del triunfo hay una historia que apenas toma forma. Para Dangond Rosado, esta fue apenas su segunda participación en el festival. En su primera aparición logró un cuarto lugar, resultado que, lejos de desmotivarlo, se convirtió en impulso. Regresó con más confianza, con una idea más clara y con una obra que reflejaba no solo su talento, sino también su postura frente al futuro del vallenato.
Esa insistencia, ese volver a intentarlo, es parte de lo que hace especial este triunfo. No se trata de una larga trayectoria en el concurso, sino de la convicción de que la calidad de una obra no depende del número de veces que se participe, sino del compromiso con lo que se escribe.
El compositor no ocultó la emoción del momento. Habló de una alegría profunda, de una satisfacción que calificó como indescriptible después de años de trabajo dentro del folclor. También aprovechó para resaltar el papel del concurso de canción inédita, al que definió como la “columna vertebral” de todas las competencias del festival, insistiendo en la necesidad de seguir fortaleciéndolo.
La elección de la puya no fue casual. Este aire, uno de los más exigentes dentro del vallenato, ha ido perdiendo protagonismo frente a otros estilos más comerciales. Por eso, “La huella del viento” también representa un acto de convicción, apostar por un formato complejo, rápido y profundamente emocional, que exige tanto del compositor como del intérprete.
Para Dangond, su triunfo también busca enviar un mensaje a las nuevas generaciones: atreverse a componer puya, a explorar el son, a construir desde las raíces. En su visión, estos aires no solo son fundamentales, sino que son los que más emociones generan en el público.
Así, “La huella del viento” no es solo una canción ganadora. Es una historia de disciplina, conocimiento y amor por el vallenato. Una obra que, como su nombre lo indica, deja una marca invisible pero profunda, recordando que el género puede evolucionar, sí, pero sin dejar que el viento borre su esencia.

