publicidad

publicidad

Cuando la sostenibilidad deja de ser discurso: lo que el Caribe nos está reclamando

Por: Pablo Andrés Zuleta Hinojosa

Coordinador de Responsabilidad Social

Fundación Universitaria del Área Andina, sede Valledupar

En la región llevamos años escuchando discursos sobre sostenibilidad, igualdad de oportunidades y Agenda 2030. Pero aquí, donde la vida cotidiana desmonta los discursos con la misma facilidad con la que se pronuncian, los Objetivos de Desarrollo Sostenible dejaron de ser compromisos internacionales: se convirtieron en una medida íntima de dignidad.

La sostenibilidad en este territorio no es un documento ni una rueda de prensa. Se prueba cuando un joven puede estudiar sin abandonar su pueblo, cuando una familia tiene agua todos los días o cuando una comunidad indígena conserva su identidad sin quedar relegada del desarrollo. El Caribe vive una verdad que el resto del país apenas empieza a comprender: no hay agenda global que importe si la vida local sigue igual o peor.

Colombia ocupa el puesto 76 de 166 países en el SDG Index 2025, pero esa cifra dice poco cuando se observa el panorama desde La Guajira, el Cesar o el Magdalena. Estos territorios son el campo de verificación real de cualquier promesa nacional: si aquí no cambia la vida, no cambia la historia. El Caribe es, en esencia, el examen más exigente del Estado.

Uno de los puntos más críticos está en la juventud. Según el DANE, el 24,2 % de los jóvenes de la región no estudia ni trabaja, y el desempleo juvenil ronda el 14,8 %. En zonas rurales, la informalidad supera el 55 %. Es la fotografía de un territorio que educa, pero no vincula; que forma, pero no retiene. Cada joven que migra por falta de oportunidades es un indicador de fracaso, no una anécdota. La sostenibilidad también se mide en cuántos sueños se quedan y cuántos se van.

El agua es otro reflejo de nuestra inequidad histórica. UNICEF advierte que solo 38 % de los hogares rurales cuenta con suministro continuo. El Ministerio de Vivienda reconoce que en los municipios más apartados apenas 9,7 % tiene acceso seguro. Cada vez que falta agua, no solo se interrumpe el día: se interrumpe la vida. Se frenan las clases, se pierden los cultivos, se ponen en riesgo los centros de salud. Sin agua, todo lo demás es retórica.

Y, aun así, el Caribe demuestra que tiene voz propia. Municipios como Pueblo Bello, Fonseca y El Banco son ejemplo de cómo la gente decide actuar cuando la institucionalidad llega tarde: acueductos veredales, sistemas de recolección de lluvia, redes de vigilancia comunitaria del recurso. Procesos pequeños, sí, pero mucho más transformadores que una inauguración ocasional. La sostenibilidad aquí no se espera: se construye.

La pobreza multidimensional sigue revelando la fractura del territorio. Aunque el promedio nacional es cercano al 11,4 %, en La Guajira y Magdalena supera el 20 %. No hablamos solo de ingresos; hablamos de horizontes quebrados. Hablo de jóvenes que desertan porque no tienen transporte, de mujeres que no estudian por la carga del cuidado, de familias que migran porque la vida se les volvió insostenible. La pobreza en el Caribe es, ante todo, agotamiento.

Por eso es urgente abandonar el asistencialismo que anestesia y avanzar hacia una movilidad social verdadera. Becas con empleabilidad real, formación técnica ajustada al territorio (agro inteligente, turismo sostenible, industrias culturales), finanzas para emprendimientos locales, y políticas de cuidado que liberen tiempo y multipliquen posibilidades. No se trata solo de aliviar carencias, sino de ensanchar futuros.

El mayor obstáculo, sin embargo, sigue siendo la falta de articulación. Según el DNP, apenas el 23 % de los municipios del Caribe han logrado alianzas efectivas entre gobiernos, universidades, empresas y comunidades. Esa desconexión es nuestra barrera estructural. Sin coordinación, los proyectos se repiten, las soluciones se duplican y todo muere cuando cambia el alcalde. Pero allí donde sí se articulan esfuerzos —como en los programas impulsados desde Areandina Valledupar en salud mental escolar, saberes kankuamos o reciclaje comunitario— se demuestra que el progreso no depende del tamaño del presupuesto, sino de la permanencia del proceso.

El progreso no se decreta. Se cultiva. Y la Agenda 2030 sólo será creíble en el Caribe cuando deje de ser promesa y se convierta en pacto. Un pacto con agua, con oportunidades, con educación útil, con trabajo decente y con territorios escuchados.

El Caribe no pide favores. Pide coherencia. Pide que las políticas públicas se midan en dignidad y no en informes. Porque el desarrollo, al final, no se demuestra en cifras: se demuestra en cuánta gente puede vivir bien donde nació.

publicidad

publicidad