Por Isaías Celedón Cotes
Psicólogo y escritor
“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.”
Gabriel García Márquez
Mi abuela me dijo un día, mientras desgranaba una mazorca de maíz en el patio, que lo desagradable y doloroso se olvida más fácil que lo agradable y placentero. Yo me quedé perplejo y no entendí ni J.
En mi cabeza de muchacho, el dolor pesaba demasiado como para evaporarse así como así; pensaba en las raspaduras en las rodillas, en las regañinas injustas o en las pérdidas que hacían doler el pecho, y no me cabía en la mente cómo algo tan amargo podía borrarse antes que un momento feliz.
Con los años, sin embargo, fui entendiendo la sabiduría que cargaban sus palabras y la fuerza silenciosa con la que los viejos le hacen frente al tiempo.
El dolor de ayer, si uno lo mira con paciencia, se va desdibujando en la memoria como el rastro que deja una breve garúa en la tierra seca. En cambio, las alegrías de antes —aquel almuerzo en familia bajo la sombra del atardecer que proyectaban los almendros del patio, el olor del café recién tostao en la madrugada con el primer canto del gallo, o la risa compartida con la gente de uno— se quedan bien sembradas, frescas y vivas, como si no les pasara el tiempo.
No hace falta buscar explicaciones raras, teorías de libro ni perendengues inventados para entenderlo: la gente de pueblo siempre ha sabido que el alma humana tiene su propio modo de curarse.
Si guardáramos cada pesar con la misma fuerza con la que ocurrió, la vida se volvería una carga insostenible. El disgusto con el vecino, el verano duro que secó la cosecha y mató al ganado, la palabra amarga que alguien pronunció en un momento de rabia o el desconsuelo de un mal amor… todo eso pesa en la espalda. Pero el tiempo, que es sabio y camina despacio, va haciendo su trabajo sin hacer ruido. Le va quitando el filo a las penas. No es que uno se vuelva desmemoriado o pendejo y olvide del todo lo que pasó, ni tampoco la lección que le dejó el golpe, sino que la herida deja de puyar. El recuerdo de lo feo se vuelve descolorido y mudo, como una foto vieja que se queda olvidada al fondo del cajón.
Con lo bueno, sin embargo, pasa todo lo contrario. La memoria es terca y mañosa para guardar el goce. Uno se acuerda con una claridad pasmosa del sabor de la comida que preparaba la abuela, del primer abrazo apretado, del olor a tierra mojada tras la sequía,las serenatas al filo de la madrugada bajo una hermosa luna Llena,o de aquella parranda larga en la que nadie quería que amaneciera. Esos momentos no se van porque son el verdadero alimento para los días difíciles. Cuando la vida se pone apretada y el camino se llena de barro, uno no busca en el pecho la amargura del pasado; uno echa mano del recuerdo de las cosas bonitas para coger aire, sacar fuerzas y seguir caminando.
Dicen los expertos en neuropsicología: que el recuerdo de una tensión, genera el mismo torrente de células destructivas que la tensión en sí,pero eso se puede aplicar a la inversa: el recuerdo de una gran emoción,genera el mismo torrente de células constructivas que la emoción en sí.
Bien sabemos que el subconsciente no sabe de juegos,ni diferencia una cosa real de una imaginaria y esto nos da una gran ventaja en la manera de pensar.
En nuestras tierras, la gente ha sobrevivido a guerras, a la escasez, a las plagas y a las ausencias más hondas no porque tenga mala memoria, sino porque tiene la inteligencia del corazón. Los viejos de antes sabían que para levantar una casa, criar una tropa de hijos y madrugar a bregar la tierra día tras día, hay que viajar liviano de equipaje, sin complicarse con tantos Recovecos Dejar que el polvo del camino se seque y se caiga solo, y guardar en la mochila únicamente aquello que le dio un poquito de luz a la existencia.
El sufrimiento viene sin permiso, pero no echa raíces si uno no lo riega. Al final, olvidar lo feo no es cobardía, descuido ni flaqueza; es la manera más pura en que la vida se abre paso a pesar de todo. Guardar lo sabroso y dejar correr la pena es el arte más viejo y sabio que existe para no volverse un viejo amargado, entendiendo que, con todos sus tropezones y raspaduras, la vida siempre se sale con la suya y vale la pena ser vivida.

