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El día que me inspiré para nombrarlo ‘Pollo Irra’

Isaías Celedón Cotes

Por Isaías Celedón Cotes autor de la novela ´Un niño llamado El Pollo Irra’

Nombrar a alguien nunca es un acto inocente; a veces es una forma de anticipar su destino. Así ocurrió con Israel Romero Ospino, aquel niño de Villanueva que llegó al Festival de la Leyenda Vallenata con su acordeón al pecho y la ilusión intacta. No ganó en la categoría infantil, su nombre no fue pronunciado en la tarima y el aplauso esperado se convirtió en silencio. Pero lo verdaderamente importante no pasó allí, sino antes y después.

Israel y yo éramos inseparables, “uña y mugre”, compañeros de infancia, de música y de sueños. Fue en esa cercanía donde nació el apodo que terminaría marcándolo para siempre: El Pollo Irra.

No fue una ocurrencia cualquiera. Mi padre era gallero reconocido y yo crecí observando gallos finos de pelea: pequeños de tamaño, pero enormes en carácter; veloces, resistentes, intuitivos y valientes. Así veía a Irra. Tenía las manos inquietas, una velocidad natural para el acordeón y una mirada que parecía adelantarse a todo. No era “pollo” por pequeño, sino por fino; no por inmaduro, sino por esa valentía temprana que ya anunciaba grandeza.

El apodo fue una intuición de su esencia. No nombré lo que era, sino lo que ya estaba siendo. Y él lo asumió, lo habitó y lo convirtió en identidad.

Entre jornadas recogiendo algodón, viajes a la serranía donde vivía su abuela Mamá Señora, noches de relatos orales y tardes de música en el Liceo Colombia junto a Diomedes Díaz, se fue formando no solo el acordeonero, sino el oyente del mundo. Allí crecía El Pollo Irra: un muchacho que escuchaba historias para luego convertirlas en vallenato.

Con el tiempo, aquel niño que no ganó regresó sin trofeo, pero con dirección. Persistió, practicó y resistió. Así, el apodo dejó de ser un juego de infancia para convertirse en una verdad. Porque “El Pollo Irra” no fue solo un nombre: fue una forma de ser y un destino que terminó cumpliéndose.

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