Por: Isaías Celedón Cotes -Psicólogo y Escritor-
Hay dos fantasmas que suelen rondar la casa del alma: el resentimiento al pasado y el miedo al futuro. El primero golpea las paredes de la memoria recordándonos aquello que no salió como esperábamos; el segundo se esconde en los rincones de lo incierto, murmurando peligros que aún no existen. Y entre ambos, como si fueran dos cuerdas tensas en direcciones opuestas, nos desgarran la posibilidad de vivir el presente.
El resentimiento es un huésped incómodo. Se alimenta de heridas viejas, de frases no dichas, de pérdidas que ya no podemos recuperar. Es la voz que repite “debió ser distinto” y que convierte cada recuerdo en un tribunal perpetuo. El pasado se convierte entonces en una prisión de hierro: inmutable, silenciosa y pesada.
El miedo al futuro, en cambio, es un arquitecto de sombras. Con la materia prima de la incertidumbre construye escenarios catastróficos. Nos roba la serenidad de hoy con preguntas sin respuesta: “¿y si fracaso?, ¿y si me falta?, ¿y si me duele?”. Se adelanta a la vida con tal ansiedad que nos hace vivir en un calendario que aún no existe.
Ambas emociones son espejismos del tiempo. Una se aferra a lo que ya se fue, la otra a lo que todavía no llega. Y mientras tanto, el presente —ese instante que siempre nace y muere al mismo tiempo— se nos escapa como agua entre los dedos.
La psicología existencial nos recuerda que no podemos cambiar el pasado, pero sí resignificarlo; no podemos controlar el futuro, pero sí construirlo paso a paso desde lo que hacemos ahora. La felicidad no está en volver a lo que fue, ni en conquistar lo que vendrá, sino en reconciliarnos con la vida que palpita en este instante.
Si quieres liberarte de esos fantasmas, empieza con gestos pequeños:
Perdona, incluso cuando no haya disculpas; el perdón no siempre es un regalo para el otro, sino una liberación para ti.
Agradece lo que tienes ahora, aunque parezca poco; la gratitud es antídoto del resentimiento.
Confía en lo incierto: no todo futuro es amenaza, también puede ser oportunidad.
Practica la presencia: respira, siente, vive lo que ocurre sin adelantarte ni retroceder.
El pasado ya cumplió su papel, el futuro aún no existe. Solo queda el presente, y es allí donde se juega la verdadera batalla por la felicidad.


