Entre procesiones que llenan las calles, velorios de santos en los hogares y el aroma del pescado que se cuela por las ventanas desde el Miércoles de Ceniza, Agustín Codazzi preserva con orgullo una Semana Mayor que mezcla la fe católica más antigua con la calidez inconfundible del Caribe colombiano.
Hay semanas que en Codazzi no son como las demás. Desde que el calendario voltea a la página de marzo o abril y el miércoles de ceniza marca la frente de los fieles con una cruz de polvo oscuro, algo cambia en el municipio. La música baja de volumen, los colores de la ropa se vuelven más sobrios, las fritangas de los fines de semana ceden su lugar al sancocho de bocachico y el mote de queso, y las calles, que de ordinario son bullicio y motor, se pueblan de algo que en otro tiempo cualquier visitante hubiera reconocido de inmediato: recogimiento. Agustín Codazzi vive su Semana Santa con una intensidad que sus propios habitantes describen como única, como si la fe de sus abuelos se hubiera conservado intacta en el aire caliente del Cesar.
El Domingo de Ramos abre las puertas de la semana
Todo comienza con las palmas. El domingo de ramos convoca a los codacenses a la Parroquia La Divina Pastora, dirigida por el padre Darwin Barrios, la iglesia que desde el centro del municipio ha sido el corazón espiritual de generaciones enteras. Los fieles llegan con ramas de palma tejidas en formas que van desde la cruz sencilla hasta figuras elaboradas que los más hábiles arman desde la noche del sábado. La misa de ese domingo tiene un peso especial: es la entrada en el tiempo sagrado, la señal de que la semana ordinaria ha quedado atrás. Desde ese momento y hasta el sábado de gloria, Codazzi, funciona con otro ritmo, como si la ciudad entera hubiera acordado, sin decírselo, moverse más despacio.
Los velorios de santos: la tradición que entra a los hogares
Una de las expresiones más propias y arraigadas de la Semana Santa codacense es la de los velorios de santos, una práctica devocional que ocurre puertas adentro, en los patios y salas de las casas del pueblo, y que conecta la fe oficial de la iglesia con una religiosidad popular más íntima y antigua. Las familias que guardan imágenes de santos —el Sagrado Corazón, la Virgen del Carmen, San José, el Cristo de la Misericordia— las colocan en altares caseros adornados con flores naturales, velas encendidas y telas moradas o blancas, y abren sus puertas para que los vecinos lleguen a rezar el rosario y a acompañar la velada. Estas reuniones, que pueden extenderse hasta pasada la medianoche, son también un espacio de comunidad: se toma café cerrero, se cuentan historias de otras Semanas Santas y los viejos del barrio recuerdan cómo se hacía antes, cuando las calles eran de tierra y la procesión tardaba el doble porque todo el mundo quería cargar el anda.
Procesiones que hacen temblar el pavimento
El Jueves Santo y el Viernes Santo son los días de mayor solemnidad en las calles de Codazzi. Las procesiones que salen de la parroquia central avanzan por las vías del casco urbano con una lentitud deliberada, casi litúrgica, cargando las imágenes sagradas sobre andas de madera decoradas con flores y luces. La del Viernes Santo es la más multitudinaria: la imagen del Cristo yacente recorre el centro del municipio acompañada por los cantos del coro parroquial, el silencio de los adultos y el asombro de los niños que ven por primera vez la procesión en plena noche caliente del Cesar.
La cocina de Semana Santa: sabores que también son fe
La tradición codacense no se vive solo de rodillas. También se vive en la cocina. La abstinencia de carne roja que la iglesia prescribe para los viernes de cuaresma y, en especial, para el viernes santo, lejos de ser una privación, se convierte en una celebración culinaria que evoca en años de tradición. El pescado: bocachico, bagre, mojarra, es el protagonista indiscutible de las mesas durante estos días. Las recetas de las abuelas toman el mando: el suero costeño, el arroz con coco, el mote de queso espeso y el patacón ancho acompañan al pescado frito o en sudado, y el olor a ajo y cilantro se instala en los barrios como una señal más de que la semana mayor está en su punto más alto. Para muchas familias, la preparación de esa comida es en sí misma un ritual que se transmite de generación en generación, y en la que los más jóvenes aprenden, casi sin darse cuenta, que la fe también tiene sabor.
El sábado de Gloria y la explosión del regreso
Si la semana comienza con recogimiento, termina con una explosión de alegría que los codacenses esperan con la misma intensidad. El sábado de gloria (o en algunos hogares el Domingo de Resurrección) es el momento en que la música vuelve a sonar, las neveras se abren de par en par y las familias que pasaron días enteros en oración se permiten el festejo. En muchos barrios de Codazzi, la quema de Judas es todavía una práctica viva: un muñeco de trapo relleno de pólvora y vestido con ropas viejas es exhibido en las esquinas con un letrero burlesco y luego quemado entre el regocijo general, una tradición que mezcla el simbolismo religioso con el humor popular del Caribe. Con ese estruendo, Codazzi le dice al mundo que la semana santa ha terminado y que la vida cotidiana puede volver a ocupar las calles.
Lo que el semanario recoge en esta nota no es solo el retrato de una tradición religiosa bien conservada. Es el testimonio de un pueblo que ha encontrado en la Semana Santa algo que va más allá de la fe: un lenguaje común, una identidad compartida, una manera de decirle al tiempo que hay cosas que no cambian, aunque todo lo demás cambie. Y mientras Codazzi siga llenando sus calles de palmas, velas y procesiones en la semana más silenciosa del año, esa identidad permanecerá intacta.

