Hay regresos que no anuncian nuevas aventuras, sino el inmenso valor de lo que realmente importa. A sus 95 años, el maestro Náfer Durán, el último gran juglar vivo del vallenato, dejó la clínica para volver a su hogar. No regresó a un escenario ni a una tarima; volvió al lugar donde hoy lo esperan los abrazos de sus hijos, el amor incondicional de su compañera de vida, Rosivel, y el calor de una familia que se niega a dejar que el silencio reemplace la música de su existencia.
Los médicos hicieron lo que estaba a su alcance. Su delicado estado de salud ya no requiere el ruido de los equipos hospitalarios, sino la tranquilidad del hogar, el cariño de los suyos y la paz que solo ofrecen los recuerdos.
En una casa del barrio Altos de Garupal, en Valledupar, descansa el hombre que durante décadas recorrió caminos polvorientos llevando el acordeón al hombro y la inspiración en el alma. El compositor de tantas historias que hoy forman parte de la memoria del vallenato enfrenta el desafío más difícil de todos: el paso inexorable del tiempo.
Dicen quienes lo acompañan que, entre una conversación y otra, su corazón sigue viajando a El Paso, Cesar, la tierra donde aprendió a querer el campo, donde descubrió que un acordeón podía contar la vida mejor que mil palabras. Allá quisiera volver. Allá están sus raíces, sus recuerdos y buena parte de su inspiración. Pero el cuerpo ya no tiene la fuerza para emprender ese viaje que el alma realiza todos los días.
La vida tiene esas paradojas. El hombre que recorrió pueblos enteros cantándole al amor, a la nostalgia y a la esperanza, hoy permanece quieto mientras son los recuerdos los que viajan por él.
Náfer Durán no necesita demostrar nada. Su legado quedó escrito en canciones que sobrevivirán al tiempo, en un estilo inconfundible de interpretar el acordeón y en una dinastía que ayudó a construir la historia del folclor vallenato. Es uno de esos hombres que no solo hicieron música: hicieron identidad.
Hoy no hacen falta aplausos. Hace falta agradecer. Agradecer que Colombia haya podido escuchar la obra de uno de sus más grandes juglares; agradecer que todavía podamos estrechar su mano, escuchar su voz y sentir que sigue entre nosotros.
Quizá el destino quiso regalarle este regreso a casa para que cada amanecer sea un nuevo motivo para compartir con quienes más ama. Porque después de una vida entera entregada al pueblo, también es justo que el pueblo entienda que los juglares, incluso los más grandes, también necesitan descansar.
Mientras en Altos de Garupal el maestro contempla los días rodeado de afecto, en cada rincón donde suena un acordeón hay alguien recordando una de sus canciones. Y es allí donde realmente habitan los inmortales.
Porque los juglares nunca se van del todo. Permanecen vivos en cada verso, en cada nota y en cada corazón que aprendió a querer esta tierra gracias a hombres como Náfer Durán.
Hoy el último juglar volvió a casa. Y con él regresó también la gratitud de un pueblo entero que, en silencio, eleva una oración por la vida de quien ayudó a darle alma al vallenato.




