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Ensayo Existencial: La Familia como Lugar de Perdón

Por Isaías Celedón Cotes (Psicólogo)

«La autocompasión es la clave para sanar las heridas del alma.” Kristin Neff.

La homilía del Papa Francisco, leída durante un retiro espiritual, resuena más allá de credos religiosos. Su mensaje, profundamente humano, propone una visión de la familia como espacio imperfecto pero esencial para la sanación emocional y espiritual. El texto inicia con una afirmación contundente: «No hay familia perfecta». Esta declaración, aparentemente simple, encierra una verdad existencial profunda: la imperfección es la condición fundamental de la experiencia humana.

Desde una mirada psicológica, Carl Rogers sostiene que “cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. En este sentido, aceptar que ni padres, ni hijos, ni parejas son perfectos es el punto de partida para el verdadero crecimiento. En palabras de Jean-Paul Sartre, el ser humano está condenado a ser libre, a elegir constantemente en un mundo sin certezas. Perdonar, entonces, es una elección. No surge de la perfección, sino de la conciencia de que el otro también está luchando con su propia incompletud.

El Papa afirma que «sin perdón, la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas». Viktor Frankl, creador de la logoterapia, complementa esta idea al decir que “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, y en ese espacio reside nuestra libertad para elegir nuestra respuesta”. Perdonar es, en ese espacio, una decisión de libertad, una afirmación del sentido sobre el sufrimiento.

La homilía también se refiere al dolor guardado como «veneno que intoxica y mata», lo cual coincide con las ideas de Rollo May, quien describe la represión emocional como una fuente de enfermedad existencial. Guardar rencor es, en palabras del Papa, «autofagia», una destrucción interior. El perdón se revela entonces como medicina, como asepsia del alma, limpieza de la mente y liberación del corazón.

La familia, bajo esta luz, no es solo una institución social, sino un escenario ontológico. Es el primer lugar donde el ser humano se enfrenta a la vulnerabilidad, a la decepción y, también, a la posibilidad del amor incondicional. Irvin Yalom nos recuerda que “la cura ocurre en el encuentro auténtico”. Y no hay encuentro más auténtico que aquel que nace del reconocimiento mutuo de la fragilidad y la decisión de permanecer a pesar de ella.

Desde el pensamiento de Erich Fromm, perdonar es un acto de amor maduro, una decisión consciente: “Amar a alguien no es simplemente un sentimiento fuerte; es una decisión, un juicio, una promesa”. Así, el perdón dentro del marco familiar no es una emoción efímera sino una práctica continua de entrega y reconstrucción.

Finalmente, la homilía se convierte en un llamado a transformar la familia en un «territorio de cura y no de enfermedad». Como diría Carl Jung, “no te conviertes en iluminado imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Perdonar en la familia es justamente eso: hacer consciente la herida, mirarla, y elegir sanar. En esa elección reside la posibilidad de una vida más libre, más plena, y profundamente humana.

La familia, con sus sombras y sus luces, es el lugar donde seguimos naciendo, donde el perdón no borra el pasado, pero construye un nuevo presente. Donde, más que un ideal inalcanzable, el amor se manifiesta como ejercicio cotidiano de libertad y sentido.

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