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¡Fuerte para la Cámara!

En un departamento donde la política tradicional parece haberse enquistado, donde los mismos apellidos y estructuras siguen repitiéndose elección tras elección, la candidatura de Katia Milena Ospino Acevedo a la Cámara de Representantes representa más que una aspiración personal: es el eco de una ciudadanía inconforme, de un territorio cansado y de una nueva generación que exige respuestas distintas a problemas persistentes.

Katia Ospino, excandidata a la Gobernación del Cesar —cargo al que aspiró con decoro y valentía, obteniendo un tercer lugar entre nueve contendores— ha decidido apostarle nuevamente al servicio público, esta vez desde el Congreso de la República. Pero su propuesta no se enmarca en los moldes tradicionales. En entrevista con el semanario La Calle, Ospino dejó claro que su campaña no busca representar a un solo sector político o social, sino construir un “frente amplio” en el que confluyan desde progresistas hasta ciudadanos de derecha decepcionados de la clase política actual.

Un escenario reñido, pero no imposible

La contienda para las curules del Cesar en la Cámara no es fácil. Hoy por hoy, el departamento cuenta con cinco representantes: Libardo Cruz, Ape Cuello, José Eliécer Salazar, Carlos Felipe Quintero y Jorge Rodrigo ‘Yoyo’ Tovar, este último por una curul de paz. Todos ellos —con excepción quizás de ‘Yoyo’— han mostrado intenciones de repetir. A esto se suman nuevas aspiraciones como las de Carlos Gumer De La Peña y el exalcalde de Valledupar, Mello Castro González. La baraja está cargada de nombres con maquinaria, trayectoria y experiencia. Sin embargo, como lo plantea Ospino, la ciudadanía está agotada. Y ese cansancio, traducido en un voto de castigo, podría inclinar la balanza.

“No podemos pretender soñar y no luchar”, dice Katia con la convicción de quien ha conocido el barro del territorio. En sus palabras se intuye una narrativa esperanzadora pero realista, donde el trabajo, la organización y el diálogo con las bases serán fundamentales para lograr una curul en un escenario claramente adverso. Su mensaje es claro: los políticos tradicionales han fallado en representar al Cesar y, como consecuencia, han perdido legitimidad.

El progresismo como base, pero no como límite

Los análisis políticos no descartan su victoria. Más allá del discurso, existen datos que sostienen su viabilidad electoral. El progresismo —como sector político— tiene un capital electoral consolidado de más de 60 mil votos en el Cesar, entre los obtenidos en las pasadas elecciones legislativas y los que sumó Ospino en su carrera por la Gobernación. Además, aunque Valledupar no está en manos del progresismo, varias instituciones clave como Emdupar y el Hospital Rosario Pumarejo están intervenidas o controladas por el gobierno nacional, lo cual otorga cierto margen de influencia institucional.

A ello se suma la capacidad de Ospino de tejer alianzas más allá de la izquierda. “Hay gente brillante de derecha que se está sumando a este proyecto porque también están cansados”, afirma. Es esta estrategia de inclusión, de tender puentes, lo que podría marcar una diferencia clave. Porque en un Cesar polarizado y dividido, proponer una alternativa de unidad puede ser un acto verdaderamente revolucionario.

Una campaña con rostro humano

Lo que diferencia a Katia Ospino no es solo su discurso ideológico, sino el rostro humano que le imprime a su lucha. Habla de las mujeres cabeza de hogar, de los campesinos excluidos, de las víctimas del conflicto olvidadas. Y, con particular vehemencia, de los estudiantes de la Universidad Popular del Cesar, un sector que parece haber tocado profundamente su conciencia política.

Las denuncias que ha hecho sobre la UPC son, sencillamente, demoledoras. Habla de redes de corrupción académica, de violencia sexual sistemática, de clientelismo disfrazado de academia. Señala directamente la existencia de un “cartel de notas” dentro de la institución, donde docentes exigen favores sexuales o económicos a cambio de una décima en las calificaciones. Y denuncia que muchas de las niñas que ingresan a la universidad como estudiantes, terminan siendo víctimas de acoso y abuso sin que nadie haga nada.

Esta bandera, aunque riesgosa políticamente, le ha valido apoyo en sectores jóvenes y estudiantiles que sienten que, por fin, alguien se atreve a decir en voz alta lo que todos saben pero callan. “La universidad es objeto de reparación colectiva”, dice Ospino, y subraya que su activismo no se detendrá hasta que se haga justicia en uno de los centros educativos más importantes —y al mismo tiempo más vulnerados— de la región.

Más que votos: un movimiento social

La candidatura de Katia Ospino, por tanto, no puede medirse solo en votos ni en alianzas. Es, sobre todo, un movimiento social en gestación. Es la representación de un Cesar que está despertando, que quiere participar, que busca liderazgos más cercanos, más decentes, más comprometidos con los problemas reales.

Ella insiste en que su campaña será “acogedora, llena de amor y de alegría”, pero también firme, decidida y combativa. Y ese balance entre sensibilidad social y carácter político puede convertirse en su principal fortaleza.

En un país donde la política suele parecer lejana, turbia y excluyente, la propuesta de Katia Ospino devuelve algo fundamental al debate público: la esperanza. Y en el Cesar, donde tantos se sienten hoy fuera del mapa del poder, esa esperanza puede ser una fuerza más poderosa que cualquier maquinaria.

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