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Israel Romero y la herencia ejemplar de los Romero Ospino

Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez

La jornada de ayer transcurrió en la casa campestre de la familia Romero Ospino, en Valledupar, entre conversaciones memorables, afectos sinceros y evocaciones que permiten comprender mejor la dimensión humana de una de las familias más influyentes de nuestra música vallenata.

Compartir durante el día con Israel Romero y sus hermanos fue reencontrarse con un núcleo familiar formado en la disciplina, la lealtad y el respeto mutuo, valores que han permanecido intactos a través de los años y que explican, en buena medida, la solidez humana y artística del Binomio de Oro de América, creado en 1976 por Israel junto a Rafael Orozco.

En medio de la conversación apareció inevitablemente la figura entrañable de Escolástico Romero, patriarca de la familia, hombre ampliamente reconocido en la región por reparar los acordeones de numerosos músicos que llegaban hasta Villanueva buscando sus conocimientos y su destreza artesanal. 

Desde aquel hogar ejemplar construido junto a La Nuñe Ospino, no solo se afinaban instrumentos: también se formaban hijos bajo principios firmes, amor familiar y profundo respeto por las tradiciones.

Los primeros maestros de acordeón de Israel fueron precisamente sus hermanos mayores, Rafael y Norberto Romero, quienes orientaron sus pasos iniciales dentro de ese ambiente familiar donde la música hacía parte natural de la vida cotidiana. Allí, entre enseñanzas sencillas, observación constante y largas jornadas de práctica, comenzó a consolidarse el talento de quien años después proyectaría el vallenato hacia escenarios internacionales.

Israel hablaba con la serenidad de quien entiende que los triunfos verdaderos no se limitan al reconocimiento artístico. En sus palabras se percibía el orgullo por una familia que ha sabido mantenerse unida aun después de recorrer escenarios internacionales, superar dificultades y atravesar las inevitables pruebas que deja el tiempo.

La conversación permitió comprender que el legado de Israel Romero trasciende ampliamente el acordeón y la dirección musical. Su obra también habita en la cohesión de los suyos, en el ejemplo de fraternidad que conservan sus hermanos y en la dignidad sencilla con la que han defendido sus raíces.

Al caer la tarde quedaba una sensación profunda: el vallenato alcanza su mayor grandeza cuando nace de hogares donde la música convive con el afecto, la disciplina y la memoria familiar. Y en esa historia, los Romero Ospino ocupan ya un lugar esencial dentro del alma cultural de nuestra región.

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