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Juventud, vamos a depurar el Congreso

Por Carlos Mejía
En marzo de 2026, el país volverá a las urnas para elegir a los nuevos integrantes del Congreso de la República. Desde ya,  los partidos políticos se movilizan para conformar sus listas a Cámara y Senado, repitiendo muchas veces los mismos esquemas, los mismos nombres y las mismas lógicas alejadas del sentir de la ciudadanía.

Pero más allá de la dinámica interna de estas colectividades, hay una realidad que no podemos ignorar: la creciente distancia entre los congresistas y la sociedad civil. La gente del común, la ciudadanía de a pie, no se siente representada ni escuchada. Y ese malestar se respira en las regiones, en los barrios, en los escenarios comunitarios y en las conversaciones cotidianas.

Como jóvenes, es imposible quedarnos al margen de esta discusión. Nuestra generación quiere participar, tiene ideas, sueños y una mirada fresca sobre los problemas del país. Pero cuando se trata de conformar las listas al Congreso, la opinión joven sigue siendo relegada, vista muchas veces como decorativa y no como una fuerza real de cambio. ¿Por qué para aspirar al Congreso se sigue pensando que hay que tener dinero o estar alineado con los intereses del poder Ejecutivo? ¿Dónde queda entonces la vocación de servicio, el compromiso con el bien común y la representación de las mayorías?

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El desafío está en abrir un debate nacional sobre cómo lograr que los jóvenes tengamos un espacio real en estas decisiones. Y no sólo como votantes, sino como protagonistas. Desde los territorios, desde provincias como el Cesar, hemos puesto la mirada también en el sector privado, en la minería por ejemplo, como opción de desarrollo. Pero nuestra participación en los proyectos y en la contratación sigue siendo mínima. Lo mismo ocurre con los gobiernos locales y departamentales: nuestras voces son pocas veces tenidas en cuenta.

Por eso, este llamado no es solo una queja, es una invitación a la acción. ¿Cómo vamos a alzar nuestra voz? ¿Cómo vamos a transformar nuestro voto en un acto consciente, capaz de abrir camino a nuevas figuras, con propuestas reales y con verdadero compromiso social?

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Tenemos las herramientas. Contamos con un estatuto de ciudadanía juvenil y un marco normativo que reconoce nuestros derechos. Lo que falta es que ese marco opere, funcione, se respete y se haga cumplir. Para eso necesitamos congresistas comprometidos, que no lleguen a legislar para sus intereses personales sino para las causas colectivas. Porque hoy, tristemente, lo que vemos en muchos debates legislativos son discusiones vacías, deshonrosas y ajenas a la realidad de los colombianos.

Es el momento de depurar esas listas. De participar activamente. De conformar desde el territorio del Cesar —y desde todos los rincones del país— candidaturas jóvenes, honestas y conectadas con el pueblo. Recordemos que los jóvenes fuimos pieza clave en la elección del actual presidente Gustavo Petro. ¿Por qué no serlo también ahora para construir un Congreso renovado, valiente y profundamente humano?

La política necesita nuevas voces. Y esas voces ya están listas. Somos nosotros

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