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La cultura no es solo acordeón, yuca y chicharrón

Por: Ricardo José Jiménez Jiménez

Existe una especie que está lejos, lejos de estar en riesgo de extinción y antes se estima que fuera muy posible que su multiplicación y su expansión por toda la faz de la tierra es inevitable. Parece que son resultado de una mutación perversa que tiene como misión perturbar el buen ser de los pocos (que parece que sí se van a extinguir) que tratan de comportarse empleando los mínimos criterios de cultura y buen ser.

Y es justamente la cultura lo que las gentes de estas tierras alardean de tener y sostener con orgullo cuando identifican al compositor de un buen vallenato con solo escuchar la entrada del acordeonero. ¡Fantástico! Es pues como el folklore se ha convertido en la bandera que nos representa ante los forajidos que nos visitan y se atreven a conocer el universo vallenato. Sin embargo, sería mucho más emblemático hablar de cultura en el otro lado del espectro: el de las buenas costumbres.

Es curioso. La alegría y el relajo con los que siempre nos sentimos plenos traen consigo muchas formas de vergüenza y desesperación. Es inevitable para las minorías sentir desprecio por esas manifestaciones del “es que yo soy costeño, y la cojo suave”, o como una vez leí que una bogotana se impresionaba cuando un paisano mío le decía “cójala suave cachaca, que así somos aquí”. Esa maldición del “cógela suave” tiene consecuencias nefastas que todos aquí parecen ignorar.

Y sí, somos minoría. Lo somos ante las masas que parecieran tener un artefacto inalámbrico en las profundidades del recto que les avisa que ya la luz del semáforo va a cambiar y por ello, segundos antes del acontecimiento pitan con la desesperación del fin del mundo detrás de ellos. Somos minoría ante los tantos que se glorían porque son “avispados” o “más vivos” y eso les siembra la creencia de poseer una inteligencia superior al poder colarse en una fila donde hay otros tantos esperando por saciarse con la amabilidad de los que gozosos esperan atenderlos. Es devastador verlos sonreír triunfantes cuando logran su hazaña, ignorando tal vez el respeto que se le negó a quien poseía su turno con paciencia.

Somos también un número inferior de terrestres frente a los que van en sus vehículos y olímpicamente bajan el vidrio y arrojan un vaso, una bolsa, una envoltura, a la libertad de la calle que para ellos es el potrero a cielo abierto.

Con la alegría de la bandera del relajo, somos eficaces en compartir nuestro gozo con el prójimo, y sin distinguir día ni hora, sacamos el parlante que reproduce el sonido de un buen zuletazo o el diomedazo (si somos afortunados; a veces caemos en la desgracia de una solemne champeta). Es que esta especie no es egoísta, y siempre es menester que todos se contagien de nuestra felicidad. Allá los amargados que se molestan por el excesivo y desagradable ruido, ¿cierto?

En definitiva, son tantas las situaciones peculiares de este universo facilista, que sería bueno repartir el significado que le damos a la cultura identitaria y darle un poco a la de las buenas maneras y sanas costumbres de convivencia. Esta especie está programada para creer que andan solos en el mundo y por eso, todo el tiempo y el espacio les pertenece para vivir a placer. ¡Dios nos ampare!

 

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