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 La fiesta que no fue de todos: Festival Francisco el Hombre 2025

Por: Adair Cotes

Más que un festival, lo que ocurrió en Riohacha entre el 27 y el 29 de junio de 2025 fue una escenificación del poder. Una coreografía política donde la cultura fue telón y el vallenato, anestesia. Saludaron, sonrieron, grabaron videos, se tomaron fotos. Y desde el palco más cercano a la tarima —reservado para la Gobernación— funcionarios públicos y amigos del poder contemplaron el espectáculo como sus dueños. Como si todo —la música, la tarima, el pueblo— les perteneciera.

Lo demás vino después: palcos millonarios, graderías tarifadas, y al fondo —muy al fondo— la periferia del rebusque. Ese rincón sin sombra ni silla, donde no se entra: se sobrevive. La fiesta tenía dueño. Bastaba mirar el plano del evento en el Estadio Federico Serrano Soto: zonas pintadas por colores, precios definidos por la cercanía al mito. “Francisco el Hombre” adelante, gradería atrás: un croquis social.

Y sí, en La Guajira hay pobreza. Pero también hay dinero. Dinero público y privado usado no para abrir escuelas ni dotar bibliotecas, sino para alquilar luces, levantar tarimas, producir sonrisas y abrazos en calendarios electorales. Recursos que pudieron ser agua, libros o pupitres, pero fueron selfis. Porque el problema no es la falta de plata: es su destino.

Algunos dirán que al menos los vendedores informales obtuvieron algún “beneficio”. Que hubo algo de trabajo, algo de ingreso, algo de movimiento. Pero cuando el único acceso es desde la informalidad —vendiendo cervezas, fritos o souvenirs— lo que se reproduce no es inclusión, sino precariedad. Mientras adentro se vendía exclusividad, afuera se sostenía la fiesta con esfuerzo ajeno.

El lema “La fiesta es de todos” no solo resultó inexacto. Funcionó como coartada. Una cortina de humo para encubrir una puesta en escena excluyente. Porque si algo dejó claro esta edición del Festival Francisco el Hombre, fue que la administración pública —departamental y distrital— no actuó como garante del bien común, sino como escenógrafa de un espectáculo jerárquico. El lugar de cada quien estaba escrito de antemano: según el precio que pudiera pagar o el poder que pudiera ostentar.

Y mientras tanto —en Uribia, Manaure, Dibulla y otros municipios del departamento— sigue latiendo otra Guajira: la de la sed que no se apaga, la del 49% de analfabetismo, la de los niños sin pupitre ni biblioteca. Esa Guajira no tuvo luces, ni tarima, ni fiesta.

El festival lleva el nombre de un hombre que, se dice, no cobraba por cantar ni apartaba a la gente por el dinero que tuviera. Francisco no tuvo tarima, tuvo fe. Tocaba para espantar la muerte, no para cosechar aplausos. Dicen que se cruzó con el Diablo, y le ganó: tocando con su acordeón el credo al revés, con terquedad y devoción, hasta hacerlo huir sin redención.

Hoy, su nombre brilla en pantallas y palcos blindados. Pero abajo, el pueblo escucha desde lejos. Porque esta vez, el Diablo no huyó. Se quedó. Y lo dejaron pasar por la alfombra roja. A veces, lo más elegante —eso que parece invitar a todos— es lo que más excluye. Se necesitan códigos, dinero, tiempo… para entrar y sentirse parte.

Y cuando eso parece normal —que los recursos públicos se usen para palcos VIP, alfombra roja y graderías sin sombra— es porque el poder ya hizo lo suyo: logró que no se cuestione. La ciudadanía guajira aún no ha descifrado del todo la puesta en escena. Pero está en su derecho —y también en su deber— de exigir que la próxima versión del festival no se limite a servir a la administración departamental y distrital, ni levante tarimas para unos pocos, sino que abra el estadio para todos.

Que el Festival Francisco el Hombre vuelva al polvo del pueblo, al canto sin boleta, al acordeón popular. Que recupere su raíz. Que vuelva a ser lo que fue con Francisco: música libre, sin dueños y con alma. Porque lo que se vio esta vez fue otra cosa. Lo impusieron sin estridencia, como se instala una costumbre: con brillo, con ruido, con la promesa de pertenencia.

La organización del festival —y con ella, la administración departamental y distrital— convirtió la fiesta en artificio. Porque lo que estaba en juego no era un palco, sino el significado mismo de lo común. En esta edición, la cultura fue vaciada de sentido: palcos al servicio de campañas electorales y de amigos del poder, diseñadas para conservar el control de las administraciones públicas actuales.

Grupos presentados como folclóricos que poco representaban al pueblo: las mujeres de Francisco fueron mostradas desde una puesta en escena más cercana a la élite política y económica que a la tradición popular de La Guajira.

No fue un homenaje al vallenato ni a Francisco el Hombre: fue su uso, una estrategia y narrativa política. Música para adornar: un festival pensado no para unir, sino para segmentar. Invitados al frente, pueblo al fondo. Un mapa del privilegio. La fiesta no fue de todos: fue tarifada.

Y lo más contradictorio es que se financió —en su mayoría— con recursos públicos.

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