Por: Freddy Camilo Castro
Cuando ya transitamos el primer cuarto del siglo XXI, resulta desolador observar cómo el sistema de salud en Colombia se hunde lentamente, como un barco sin capitán, en las profundidades de la crisis. Mientras la población crece de forma sostenida, también lo hacen las enfermedades, reflejo de décadas de desinterés institucional hacia un modelo enfocado en la prevención y en la promoción de estilos de vida saludables. En lugar de anticipar el mal, nuestra estructura sanitaria se ha centrado, casi exclusivamente, en curar lo que ya está roto.
Hoy, cuando el modelo asistencial muestra signos inequívocos de agotamiento, patologías como la isquemia cardíaca, la hipertensión y la diabetes se han vuelto parte del panorama cotidiano de millones de colombianos. A ello se suma el desabastecimiento de medicamentos, la escasez de insumos y una atención cada vez más limitada, todo enmarcado en una gestión ineficiente y un despilfarro sistemático de los recursos públicos destinados al bienestar colectivo.
A inicios de este siglo, se hablaba con entusiasmo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, establecidos en el año 2000 y respaldados por 189 países. De esos ocho compromisos globales, tres estaban directamente relacionados con la salud. Sin embargo, con el paso del tiempo, las metas se diluyeron entre discursos, burocracia y falta de voluntad política.
Frente a este panorama sombrío, solo queda una salida: rediseñar nuestro modelo sanitario con un enfoque genuino en la prevención. No como una propuesta pasajera sujeta a los vaivenes del gobierno de turno, sino como una política pública robusta, obligatoria, transversal y sostenible, aplicada en todo el territorio nacional sin excepciones.
Solo así podremos avanzar hacia una nación con mejores condiciones de vida, una reducción significativa del gasto en tratamientos, y una ciudadanía más sana, con una expectativa de vida superior a los 77 años. Colombia no necesita otro parche: necesita una transformación profunda. Y el momento es ahora.


