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La silla vacía y el gran reto: salvar vidas en las vías del Cesar

Por: Keily Estefani Rojas

Cada mañana, el sol de Valledupar y el Cesar ilumina un nuevo día de promesas. Carlos, como muchos, enciende su motocicleta. Sin casco, sin la más mínima revisión a las llantas, ni los frenos se lanza a la vía. En otra esquina de la ciudad, Patricia se sube a su carro. Su teléfono ya está listo en el soporte, la música alta, y la prisa es su copiloto.

Ambos salen con un único deseo: regresar a casa.

Pero en algún punto de la carretera, la fatalidad se cruza. El exceso de velocidad de uno, la distracción del otro. La falta de un elemento de protección que pudo haber sido la diferencia entre un susto, un golpe y la muerte. Un estruendo sordo, el chirrido de las llantas, y dos vidas se apagan. Dos familias quedan destrozadas. Dos sillas vacías, daños irreversibles, se añaden a la trágica estadística.

Una alarma, las cifras que nos aterran.

La dolorosa realidad se traduce en cifras que son más que números fríos; son vidas perdidas: Según el Observatorio de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, con corte a septiembre de 2025, el departamento del Cesar suma 239 fallecidos en siniestros viales. Esta cifra representa un aumento del 11.16% respecto a los 215 casos del año inmediatamente anterior.

Esta escalada de muertes es un duro golpe a la conciencia colectiva y nos obliga a preguntarnos: ¿Dónde entra el gran reto de salvar vidas en las vías? 

En la seguridad vial existe un concepto clave: la Triada de la Seguridad Vial, que señala tres factores de riesgo en cada siniestro:

  1. El Factor Vía: La infraestructura, señalización y estado de las carreteras. 
  2. El Factor Vehículo: Las condiciones técnico-mecánicas del transporte.
  3. El Factor Humano: Nuestro comportamiento como conductores y peatones.

El gran reto para las autoridades locales y departamentales radica precisamente en atacar estos frentes de forma simultánea: mejorar la infraestructura y garantizar el control vehicular, y aún así con campañas de seguridad vial intentar modificar los malos hábitos en la conducción con los que se viene levantando una generación. Pero la solución no puede recaer solo en ellos. Es aquí donde nos volvemos a preguntar ¿más policías, agentes o más conciencia?

Aumentar el pie de fuerza de las autoridades, con operativos rigurosos, es necesario para sancionar el exceso de velocidad o el no uso de elementos de protección e incluso la falta de documentación. Sí, la presencia disuade los malos comportamientos en la vía. Pero la verdadera batalla se gana en la conciencia del conductor.

La imprudencia no es un error, es una elección. Exceder los límites de velocidad, manipular el celular, o no usar el casco, son decisiones que convierten un vehículo en un arma. Somos nosotros, los conductores del Cesar, quienes debemos ser conscientes del riesgo que asumimos y del valor de la vida, propia y ajena. 

La responsabilidad que empieza en casa.

Un aspecto que debemos afrontar es la falta de control parental. Hoy, para muchos padres, es un orgullo que sus hijos «aprendan a conducir a temprana edad», e incluso el regalo de 15 años es una motocicleta, sin entrar a tocar de fondo el tema de los vehciulos eléctricos, a los que ya desde el gobierno nacional se les tiene la lupa puesta, entendiendo que son un actor vial más y que requieren el mismo grado de rigurosidad en el control, de conciencia en la conducción; ignorando la madurez y la responsabilidad que exige la vía. Aunque la norma permite obtener la licencia desde los 16 años, esto no exime a los padres de asumir la responsabilidad y control sobre sus menores al volante. Fomentar la imprudencia desde casa es sembrar la semilla del siniestro.

Una propuesta urgente para salvar vidas.

Finalmente, es momento de exigir medidas estructurales. Así como un carro se vende con airbags y cinturones de seguridad, considero que debe establecerse por ley que las empresas que venden motocicletas deben entregar el vehículo con sus dos cascos certificados. Entregar una moto sin casco es, en esencia, entregar un riesgo de muerte inaceptable.

Hagamos de nuestras vías un espacio seguro, un espacio donde movernos no nos cueste la vida. Las autoridades suman esfuerzos, pero la prudencia y la responsabilidad son el verdadero equipo de protección que debemos llevar puesto. Que ninguna silla más quede vacía por un siniestro vial que pudimos evitar.

Reflexionemos, la vida de Carlos y Patricia, la vida de las 239 víctimas de este año, merecen más que una cifra. Merecen nuestro cambio.

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