publicidad

publicidad

La sumisión psicológica: la libertad que perdemos sin darnos cuenta

 

Por Isaías Celedón Cotes

Psicólogo y Escritor

“Nadie es más esclavo que aquel que se cree libre sin serlo.”

— Johann Wolfgang von Goethe

Hace algunos años escuché una frase que nunca he olvidado. La pronunció una persona que acababa de alcanzar aquello que durante décadas había considerado su mayor objetivo. Tenía estabilidad económica, reconocimiento profesional y una vida que muchos llamarían exitosa. Sin embargo, después de un largo silencio confesó:

“Pensé que cuando llegara aquí me sentiría completo.”

Aquellas palabras me hicieron pensar en una pregunta que todos, tarde o temprano, deberíamos hacernos: ¿cuántas de las metas que perseguimos nacieron realmente de nosotros y cuántas fueron sembradas por la familia, la cultura o el entorno?

La sumisión psicológica comienza cuando dejamos de formularnos esa pregunta. No necesita cadenas ni imposiciones visibles. Se instala silenciosamente cuando aceptamos ideas sin examinarlas, repetimos opiniones sin reflexionar y convertimos costumbres heredadas en verdades personales.

La mayoría de las personas no vive bajo imposición. Vive bajo influencia. Y cuando la influencia se vuelve costumbre, deja de parecer influencia.

Desde niños aprendemos qué conductas son premiadas, qué opiniones reciben aprobación y qué formas de éxito merecen reconocimiento. Poco a poco esas referencias moldean nuestra manera de pensar, hasta el punto de defender creencias y perseguir objetivos que nunca hemos sometido a una reflexión honesta.

No escribo estas líneas desde la superioridad. También he perseguido metas porque eran admiradas. También confundí el movimiento con la dirección. Y también descubrí que algunas convicciones que consideraba propias eran simplemente el eco de voces repetidas durante años.

Como psicólogo, he comprobado que muchas personas cambian de empleo, de ciudad o de pareja esperando transformar su vida, cuando el verdadero cambio sigue pendiente en la manera como se relacionan consigo mismas.

Con el tiempo he llegado a una conclusión incómoda: muchas personas no temen equivocarse; lo que realmente temen es descubrir que han dedicado gran parte de su existencia a sostener certezas que nunca se atrevieron a cuestionar.

Quizá por eso el vacío aparece allí donde esperábamos encontrar plenitud.

Vivimos deprisa y hemos terminado por acostumbrarnos a ello. Cada vez nos cuesta más permanecer unos minutos en silencio, sin buscar una distracción inmediata. Tal vez por eso hemos ido perdiendo el hábito de escucharnos. Y cuando dejamos de escucharnos, también dejamos de hacernos las preguntas que podrían cambiar el rumbo de nuestra vida.

 

Le puede interesar  La esperanza también se aprende

Hay preguntas capaces de transformar una existencia:

 

¿Por qué vivo como vivo?

 

¿Por qué pienso lo que pienso?

 

¿Cuánto de lo que considero mío ha sido simplemente aceptado sin reflexión?

 

Estas preguntas incomodan porque ponen en duda los cimientos de nuestra identidad. Pero también son las que abren la puerta a la libertad interior. La verdadera libertad no consiste solo en elegir entre varias opciones, sino en comprender por qué elegimos aquello que elegimos.

Quizá la mayor amenaza para la libertad no adopte la forma de la censura ni de la imposición. A veces llega disfrazada de rutina, de conformismo o de aceptación silenciosa.

Porque una persona puede perder dinero, prestigio o afectos y encontrar la manera de reconstruirse. Lo que resulta mucho más difícil recuperar es una vida entera vivida lejos de uno mismo.

Toda búsqueda auténtica de propósito comienza con un acto sencillo, pero profundamente transformador: detenerse. Detenerse para observar, escuchar y preguntarse si estamos viviendo la vida que elegimos o simplemente la que aprendimos a aceptar.

Al final, la libertad no suele perderse por imposición, sino por abandono. Se erosiona cada vez que dejamos de cuestionar nuestras certezas y de examinar nuestras decisiones. Y comienza a recuperarse cuando encontramos el valor de volver a pensar por nosotros mismos.

Porque la forma más silenciosa de perder la libertad no es que alguien piense por nosotros, sino dejar de pensar por nosotros mismos.

publicidad

publicidad