A un año de las elecciones legislativas, el nombre del exalcalde de Valledupar, Mello Castro González, empieza a figurar con fuerza como posible candidato a la Cámara de Representantes. Aunque aún no define por cuál partido se lanzará, hay un ‘tira y jale’ entre el Liberal y el de La U. Mientras tanto, ya despliega en redes sociales una imagen de precampaña con logo y eslogan incluido: “A la eso va”.
Pero, así como su nombre comienza a retumbar en el panorama político, también lo hacen los ecos de una gestión que dejó más sombras que luces. A donde va, lo persigue el sobrenombre que resume la inconformidad ciudadana: ‘El Mello Multa’. Y no es gratuito. La firma de una polémica concesión de tránsito, que instaló cámaras de foto detección y multiplicó los comparendos, no solo impactó el bolsillo de los vallenatos, sino que encendió una discusión pública sobre el alcance de las decisiones administrativas que comprometen a la ciudad por décadas. Esa fue apenas una de las decisiones de su mandato que hoy generan ruido. A esa herencia se suman obras inconclusas, espacios públicos abandonados y promesas con más forma que fondo.
La concesión de tránsito a 30 años, entregada a una empresa de Barranquilla bajo una Sociedad de Economía Mixta, compromete al municipio hasta el 2053 con un modelo donde el sector privado tiene la mayoría accionaria. El negocio proyecta recaudar más de $50.000 millones en los primeros cinco años. ¿A cambio de qué calidad de servicio? ¿Con qué beneficios reales para el ciudadano? Las respuestas siguen sin aparecer, mientras el modelo opera a toda marcha.
La pista de BMX en Villa Dariana es otro monumento al abandono. Inaugurada como símbolo del legado deportivo de los Juegos Bolivarianos, hoy solo deja ver huecos, monte y riesgo. Una inversión millonaria que se desmorona ante la vista de los jóvenes que aún intentan entrenar allí, sin graderías, sin alumbrado, sin garantías.
El SENA Étnico, pensado para más de 64.000 indígenas en el barrio Divino Niño, fue inaugurado, pero sigue cerrado. Puertas nuevas, pero sin formación, sin programas, sin servicio. Una promesa para las comunidades étnicas que se volvió un cascarón más. Igual suerte corrió la Biblioteca Pública del barrio Rafael Escalona: entregada sin libros, pero con placa inaugural. Un símbolo incómodo de cómo se prioriza el mármol sobre el contenido, la foto sobre la función.
Y la lista sigue. El Plan de Ordenamiento Territorial modificado a última hora, con una inversión de $3.000 millones, amplió el perímetro urbano en 213 hectáreas, cambiando uso de suelo rural a urbano. Para muchos, un caso claro de volteo de tierras disfrazado de planificación. La ciudadanía denunció falta de participación, intereses particulares y una herida profunda a la sostenibilidad urbana de la ciudad.
Hoy, con una imagen desfavorable que superó el 65% al cierre de su mandato, Mello Castro enfrenta una encrucijada política: o logra reinventarse ante el electorado o carga con el peso de una gestión que dejó más cicatrices que logros. Porque en política, aspirar no basta. También hay que responder. Y Valledupar aún espera respuestas. ¿Será que esta vez la ciudadanía también le pasa la cuenta?


