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Las tumbas del Ecce Homo las están robando y destruyendo 

 

Los jueves y viernes, Jardines del Ecce Homo recibe visitantes que llegan con el celular listo para guardar una fotografía. Caminan, preguntan, buscan a sus ídolos y se paran frente a una lápida que para ellos también cuenta una historia. En ese lugar descansan Diomedes Díaz, Martín Elías, Kaleth Morales, Rafael Escalona, Colacho Mendoza y Omar Geles. Sus nombres siguen sonando en las canciones, en los recuerdos y en la memoria musical de Valledupar. Hay quienes llegan por admiración, quienes llegan por nostalgia y quienes simplemente quieren decir, a través de una fotografía, que estuvieron allí.

 

Pero el Ecce Homo no está hecho solamente de nombres conocidos. También están las tumbas que visita una madre para encontrarse con el recuerdo de su hijo. La de un hermano que llega un domingo. La de un padre al que su hijo sigue hablando aunque ya no pueda responder. Y es justamente ahí donde comienza esta historia. Emersy Caicedo llega a visitar a su padre. Su relación con esa tumba no tiene nada de turística. Para ella no es una parada en un recorrido por Valledupar ni un lugar donde hacerse una fotografía. Es el sitio donde todavía puede acercarse a alguien que ya no está. Por eso le duele encontrarla en condiciones que, según cuenta, podrían ser mejores. Habla de la limpieza, del pasto y de algunos objetos que la familia ha puesto con el tiempo. Recuerda jarrones, un libro, piedras decorativas y otros adornos. Algunos, asegura, terminaron quebrados. La fotografía de su padre, expuesta al sol, también comenzó a deteriorarse. “A mi papá ya se le han cambiado varias veces los adornos que se le han colocado y siempre terminan quebrados”, cuenta. Hace una pausa y vuelve sobre la limpieza. “La limpieza es fatal, fatal”. La frase parece sencilla, pero detrás hay algo que cuesta medir en dinero. Una familia no pone flores, fotografías o pequeños adornos sobre una tumba solamente para decorar. Los pone porque todavía necesita cuidar ese vínculo.

Porque, de alguna manera, arreglar el lugar también es una forma de seguir haciendo algo por quién murió. Ante el deterioro, Caicedo cuenta que la familia ha tenido que pagar mantenimiento particular. Y ahí la historia empieza a abrirse. Porque mantener una tumba no es exactamente lo mismo que mantener un cementerio. Existen zonas comunes, jardines, pasillos y labores de riego. También existen las lápidas, los floreros, las fotografías y esos pequeños detalles que pertenecen a cada familia. La diferencia parece clara cuando se explica. No siempre lo es cuando se vive. Lidia Vélez, representante de Exequiales Ecce Homo, explica que los servicios funerarios contemplan diferentes etapas relacionadas con la atención a la familia y el destino final del fallecido. Pero el cuidado estético y particular de cada tumba tiene unas condiciones diferentes. “Lo que te dan es una piedrita ahí con el nombre”, explica al referirse a la identificación básica del espacio. Después vienen las decisiones de cada familia. Una lápida. Un arreglo. Una planta. Un florero. Una fotografía. Y, en algunos casos, el pago de una persona que se encargue de que todo permanezca en su lugar. El mantenimiento general tiene su propia dinámica.

 

Hay jardines que necesitan corte, zonas que requieren limpieza y espacios que necesitan riego. Pero cuando se llega a la tumba individual, las cosas cambian. Martín Rivas, representante legal de la Asociación de Mantenimiento de Jardines de Valledupar, Asomanjav, lo explica desde la experiencia de quienes realizan esas labores. Los trabajadores se encargan del mantenimiento de jardines mediante acuerdos con las familias, pero no son quienes responden necesariamente por la reparación de una lápida o un adorno. Si algo se desprende, se informa al propietario. “Eso le toca individual a cada persona”, sostiene. Un usuario, quien pidió que su identidad fuera reservada, también explica que los trabajadores no hacen parte directamente de Ecce Homo y que reciben pagos mensuales de las familias. En ese esquema, el pago permite contar con un servicio de cuidado, pero no significa que todo lo que pueda sucederle a una tumba quede automáticamente cubierto. Y ahí aparece una de las inquietudes más delicadas de esta historia. ¿Qué significa exactamente pagar por el mantenimiento de una tumba? ¿Hasta dónde llega ese servicio? ¿Quién responde cuando un adorno termina quebrado, cuando una fotografía se deteriora o cuando una familia siente que el espacio necesita una atención que no recibió? Las entrevistas realizadas para esta crónica muestran que no existe una regulación suficientemente clara que reúna todas esas responsabilidades en un solo lugar. La administración tiene unas funciones.

 

Los trabajadores tienen otras. Las familias asumen otras. Y entre unas y otras quedan esos pequeños daños que, para cualquiera que pase frente a ellos, podrían parecer insignificantes. Para una familia no necesariamente lo son. Fredy Sierra, administrador del camposanto, mira el asunto desde otra perspectiva. Explica que el sol, la brisa y los materiales utilizados en las instalaciones también hacen parte del problema. Hay elementos que con el tiempo se aflojan o se deterioran. Y están, además, los visitantes. Algunas personas se apoyan en las lápidas para tomarse fotografías. Otras se acercan para leer, tocar o simplemente mirar. “No es la cuestión aquí de que haya vandalismo ni nada”, afirma Sierra. El cementerio cuenta con vigilancia durante el día y la noche, pero eso no significa que cada tumba tenga una persona pendiente de ella. Por eso, desde la administración, se han planteado soluciones como empotrar los floreros o grabar las fotografías directamente en el mármol. Son medidas que pueden ayudar, pero no resuelven toda la conversación. Porque el deterioro también puede venir del tiempo. Y el tiempo, en un cementerio, tiene otra manera de sentirse. Una fotografía se va oscureciendo poco a poco.

Una flor se seca. Un florero pierde su firmeza. Una planta necesita agua. Una lápida acumula polvo. Y mientras esas cosas ocurren, alguien sigue pagando, alguien sigue limpiando y alguien sigue preguntándose quién debe hacerse cargo. Quizá por eso las tumbas de los artistas ayudan a entender una parte importante de lo que está en juego. Cuando llegan visitantes a buscar a Diomedes, a Martín Elías, a Kaleth, a Escalona, a Colacho o a Omar Geles, no están visitando solamente un cementerio. Están entrando en un pedazo de la historia musical de Valledupar. La ciudad también aparece en esas fotografías. Aparece en los nombres, en las flores, en los recuerdos y en la emoción de quien se para frente a una lápida y reconoce allí una canción que alguna vez hizo parte de su vida. El jueves o el viernes, un celular puede convertir una tumba en una postal. Pero esa postal no distingue entre una tumba famosa y una desconocida. No sabe quién paga el mantenimiento. No sabe quién riega. No sabe quién limpia. No sabe qué corresponde a la administración y qué corresponde a la familia. Simplemente muestra lo que tiene delante. Y detrás de esa imagen están también quienes llegan sin cámara. Los que vienen a visitar a su padre. A su madre. A su hermano. Los que conocen cada pequeño detalle de una tumba porque la han visitado tantas veces que ya saben dónde se acumula el polvo, dónde falta una flor o dónde el sol golpea con más fuerza. El Ecce Homo guarda artistas que hacen parte de la memoria vallenata, pero también guarda historias que no tienen canciones ni turistas. Todas esas historias merecen cuidado. No se trata de hacer del cementerio un escenario perfecto ni de ocultar el paso inevitable del tiempo. Tampoco de señalar a una sola persona cada vez que algo se deteriora. Se trata de algo más sencillo y, quizá por eso mismo, más importante: que las familias sepan qué están pagando, qué está incluido, quién responde y a quién acudir cuando algo necesita atención.

Porque cuidar una tumba también es una manera de cuidar a quienes todavía vienen a visitarla. El turista puede llegar, tomarse una fotografía y continuar su recorrido. La familia vuelve. Y quizá ahí esté la diferencia que más importa. Para unos, la tumba puede ser una parada. Para otros, sigue siendo un lugar al que llegan con el corazón lleno de alguien que ya no está. En el Ecce Homo, ambas visitas ocurren bajo el mismo sol, entre los mismos jardines y frente a los mismos nombres. Tal vez por eso la pregunta no debería ser únicamente cómo conservar las tumbas que atraen más visitantes, sino cómo cuidar todas esas pequeñas historias que permanecen allí, incluso cuando nadie levanta un celular para fotografiarlas. Porque al final, una tumba no necesita ser famosa para significarle el mundo entero a alguien.

 

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