La historia de nuestras ciudades, pueblos y corregimientos no solo se escribe con cemento, calles o monumentos. Se escribe, sobre todo, con decisiones. Con las decisiones que toman, o dejan de tomar, los alcaldes que elegimos cada cuatro años con la esperanza o resignación de que harán lo correcto. Y es ahí donde se traza la delgada línea que separa a los buenos de los malos alcaldes.
Porque un buen alcalde no se mide únicamente por la cantidad de obras entregadas, ni por el número de inauguraciones a las que asiste rodeado de aplausos y cámaras. Un buen alcalde es aquel que entiende que gobernar es servir. Que administrar los recursos públicos implica responsabilidad, transparencia, visión, y sobre todo, compromiso con la gente que más lo necesita. Un buen alcalde conoce su territorio, respeta la diversidad de su gente, y no utiliza el poder como trampolín personal ni como instrumento de venganza política.
Pero los malos alcaldes, por desgracia, abundan. Y aunque los conocemos bien, los seguimos eligiendo. Algunos llegan al poder con promesas cargadas de populismo, con caravanas que disimulan su falta de preparación y campañas financiadas por intereses que luego tendrán que pagar con contratos y favores. Son los que se rodean de familiares y compadres, convierten el gabinete en un club privado y entienden el erario como una cuenta de ahorros personal.
El mal alcalde gestiona desde el escritorio, alejado de la realidad de las calles. Vive en la burbuja del poder, escoltado por asesores que le aplauden todo y le ocultan los errores. No escucha, no camina, no siente. Se ofende ante la crítica, y prefiere perseguir al periodista que denunciar al contratista corrupto. Mientras tanto, el municipio se desmorona en medio de la basura, la inseguridad, la falta de agua y el abandono institucional.
Los buenos alcaldes no son perfectos, pero son valientes. Saben que no pueden solucionar todos los problemas, pero enfrentan los desafíos con carácter y honestidad. Le dan prioridad a la educación, a la salud, a los servicios públicos, a la cultura, al empleo digno. Dejan huella sin hacer ruido, sin necesidad de vallas con su foto ni de discursos grandilocuentes. Su mayor publicidad es el respeto de la comunidad.
Y lo más importante: un buen alcalde no se perpetúa en el poder, no utiliza testaferros ni candidatos “de bolsillo” para mantener su reinado. Sabe cuándo retirarse y permite que la democracia respire.
Hoy, más que nunca, es urgente diferenciar entre unos y otros. Porque mientras los malos alcaldes saquean, improvisan y engañan, los buenos siguen trabajando en silencio, sembrando futuro en territorios olvidados. Es nuestra responsabilidad ciudadana reconocerlos, respaldarlos, y exigir más como ellos. Porque un buen alcalde puede transformar una comunidad. Pero uno malo, puede condenarla por generaciones.


